lunes, 31 de mayo de 2010

EN EL CENTENARIO DE LUIS ROSALES

(Procedencia de la imagen)

Hay sólo una ventana - una ventana sola sobre el aire-

y tras de la ventana veo encendida la habitación de enfrente,

la habitación que yo pensé que habitarían mis hijos.

No puedo comprenderlo;

desde que habito en esta casa no se ha encendido nunca -estoy

seguro de ello-,

no la he encendido nunca, y ahora ha llegado allí la luz

no sé de dónde,

no sé de cuándo,

y resplandece,

y como toda luz está diciendo un nombre,

y como en toda luz se siente una llamada,

me he vestido de prisa, me he vestido correctamente,

me he vestido como si estuviera situado un pelotón de

soldados en la frontera,

en la misma frontera de mi alma,

para estar prevenido, para tener la seguridad de que había

hecho cuanto era necesario para vivir,

y salgo y voy corriendo hacia la luz,

hacia la habitación que está encendida,

y rompiendo a callar mientras dice mi nombre.

-Hola, Luis, ¿cómo estás?-

La casa encendida



Además del centenario de Miguel Hernández, este año también celebramos cien años del nacimiento de un poeta destacado de nuestro siglo XX: Luis Rosales, Premio Nacional de Poesía en 1949, Premio Cervantes 1982, miembro de la RAE y autor de uno de los poemarios más hermosos escritos en nuestra lengua: La casa encendida (1949-1971). Amigo de Federico García Lorca, -como una losa arrastró la muerte de su amigo, arrestado en su casa- constituyó junto con Leopoldo Panero, Luis Felipe Vivanco y Dionisio Ridruejo, entre otros, la llamada Generación del 36. La poesía de Rosales está en la línea de "poesía arraigada", en palabras de Dámaso Alonso. Su actividad literaria se realizó en revistas como Escorial y, sobre todo, Garcilaso (la guerra estropeó su centenario), pero también Cuadernos Hispanoamericanos, o Cruz y Raya. El clasicismo inicial - el mundo entonces era ordenado y coherente para él- será sustituido por poemas largos, en versículos, en los que el tono prosaico se mezcla con imágenes de tono surrealista. Los últimos libros de Rosales revelan una visión del mundo más negativa: El contenido del corazón, (1969) Canciones (1973), Como el corte hace sangre (1974). Ayer mismo hablábamos de él y del mirador que lleva su nombre, con motivo de la salida que hicimos hace ocho días a la sierra, en la que descansa desde 1992.

Esta noche en La Casa Encendida, un espacio cultural destacado en Madrid desde hace ya unos años, se celebra una Noche poética con motivo de la celebración del centenario. Además, hasta el día 6 se podrá visitar la exposición Luis Rosales. El contenido del corazón, que recoge fotografías, documentos, cartas y obras de Picasso, Dalí o Benjamín Palencia.

En "Té para tres", de RNE, escuchamos, además de buena música, algunos de sus poemas y la propia voz del poeta. No te lo pierdas.



domingo, 30 de mayo de 2010

SI LAS PIEDRAS HABLARAN...


El lunes pasado, en un día de primavera verdadera e inesperada, los alumnos de 4º de ESO –puestas las botas, colocadas las mochilas- nos fuimos a recorrer un hermoso tramo de la Sierra de Madrid: la senda que une Navacerrada y Cercedilla por el Valle de la Fuenfría. José Ignacio García-Muñoz, profesor del Departamento de Educación Física -¿hay algún rincón de la sierra que no conozca este hombre, por Dios?- prepara todos los años, incansablemente, estas salidas para todos los cursos y, este año, desde el Departamento de Lengua y Literatura nos hemos sumado a esta actividad que no sólo sirve para que nuestros alumnos conozcan –y amen- este espacio maravilloso que es la Sierra de Guadarrama, sino que tiene además un estupendo aprovechamiento para las clases de Literatura.



Así que desde el aparcamiento de Navacerrada tomamos el camino Schmitd y, por la ladera norte de Siete Picos –y después de una subidita que seguro aumentó nuestros glóbulos rojos a cantidades de vértigo- llegamos a las praderas de Cerro Ventoso.





Desde allí tocó bajar hasta encontrar la carretera de la República, que nos condujo a las hermosas praderas de Navarrulaque; allí se encuentran el reloj solar de Cela, el árbol de Giner de los Ríos y la obra escultórica de Pablo Maojo, dedicada a los primeros caminantes de la Sierra de Guadarrama.



Desde allí llegamos al Mirador de los Poetas: no hace falta decir que las vistas que ofrece el Mirador Posada de Luis Rosales son impresionantes. Muy cerca de éste se encuentra el mirador de Vicente Aleixandre, y entre ambos la llamada Senda de los Poetas, en cuyas piedras se encuentran algunos versos de poetas que amaron y pasearon por estos parajes serranos.




Desde allí, un camino llano que lleva hasta el tramo final de la calzada romana que acaba en Las Dehesas, ya en Cercedilla.




Las excursiones a la Sierra de Guadarrama fueron actividades destacadas de la Institución Libre de Enseñanza. Giner de los Ríos era un amante de la Naturaleza y en concreto de esta sierra que también frecuentaron y cantaron Unamuno, Antonio Machado, Vicente Aleixandre, José García Nieto, Luis Rosales –famosas eran las veladas poéticas que organizaba en estos miradores que hoy le recuerdan-y Leopoldo Panero, entre otros. El aprovechamiento literario de la sierra no acaba aquí: resumo algunas recomendaciones del libro Paisaje y literatura en el Guadarrama. Propuestas de aprovechamiento didáctico de la Sierra de Madrid, de Teodoro Martín, Matilde Sagaró y Edurne Mendizábal (Centro Madrileño de Investigaciones Pedagógicas, 1993).

-El Marqués de Santillana: La Pedriza y Manzanares el Real (y de paso añado Buitrago de Lozoya)
-El Arcipreste de Hita en La Tablada (¡Es increíble la exactitud con que el Arcipreste describe la sierra!)
- El Escorial (Bosque de la Herrería): Unamuno, Azaña y Ortega y Gasset.
Muy recomendable también es Excursiones para niños por la Sierra de Madrid, de Javier Zarzuela Aragón (Madrid, Ed.La Librería, 2005)

Con motivo de la inauguración del Mirador de Vicente Aleixandre, el poeta Luis Rosales, (el próximo día 31 celebramos el centenario de su nacimiento) entonces Presidente Honorario de la Fundación Cultural de Cercedilla, participó en la inauguración del mirador con estas palabras:


"Muchas veces he oído una pregunta que es muy propia de nuestro tiempo, ¿para qué sirve la poesía? No es fácil contestarla; al menos, yo no sabría hacerlo con la debida precisión ni, desde luego, con la necesaria brevedad. Pero, además, no creo preciso hacerlo en este acto, puesto que la Fundación Cultural de Cercedilla ha formulado una respuesta sugerente al dedicar a Vicente Aleixandre este privilegiado Mirador.
Un poeta es, ante todo, un mirador del mundo; un poeta es una atalaya para ver la vida de una manera más bella, más patética, más concentrada y más serena. Ahora y para siempre desde este Mirador, levantado como un homenaje a su memoria, podremos ver el mundo con los ojos de Vicente Aleixandre. Es un hecho fundante, no lo olvidemos. Para todos aquellos que miran con atención y con amor, el mundo es una herencia. Vemos con ojos heredados. Quien no sabe que ha heredado sus ojos, ciego es. Entre el mirar y el ver hay muchos siglos de distancia, ya que el mirar es un fenómeno real y el ver es un patrimonio cultural. Nadie ve exactamente lo que mira. Miramos la realidad que tenemos ante los ojos, pero vemos, en cambio, lo que la evolución de las artes, lo que la historia de la cultura nos ha enseñado a ver. Por eso pienso que la pintura en la historia de la mirada del hombre y la poesía -como sabía muy bien Vicente Aleixandre- es la historia del corazón del hombre. Tanto nuestros sentimientos como nuestros ojos son un legado cultural y así seguirá siendo mientras existan hombres.
Aquí reside el gran acierto de este homenaje; no se hubiera podido encontrar una forma mejor para intentar devolver al poeta lo mismo que él nos dio. Si Vicente Aleixandre nos enseñó a mirar a muchos españoles -y desde luego a mi-, desde este Mirador los ojos asomantes podrán ver la extensión que nos rodea de una manera distinta y heredada, de una manera maravillosa, puesto que, en cierto modo, la estarán viendo con los ojos de Vicente Aleixandre: Y esto será un prodigio, naturalmente, pero también será una gran verdad.
Y ahora quedémonos callados para oír la voz de las cosas que nos rodean en las mismas palabras del poeta. Oigamos la voz de los ojos de Vicente Aleixandre" (Fuente: http://www.trotamontes.org/historiadelmirador.htm)


(Para ir a Navacerrada o a Cercedilla no hace falta coche, o sea, tú mismo: el tren de cercanías te lleva. Bocata, agua, versos, buena compañía y crees que una especie de Paraíso hecho pinar ha bajado a la Tierra. ¿Alguien da más?)


miércoles, 26 de mayo de 2010

DE LOS ÁRBOLES Y DEL AMOR (SERMÓN DE LA CAÑADA II)


Hermosas y honestas doncellas, castos y arrojados donceles, adoradas damas, respetadas dueñas, admirados caballeros, donosos padres y pacientes (aunque a veces regañonas) madres: una vez más, las capitanas deste barco me piden unas palabras para vuestra despedida en la atracadura deste curso; una vez más, me piden que desgarre mi corazón para deciros adiós y desearos buen viaje en el velero de la vida que ahora tomaréis; una vez más, me hacen comprender la grata pero dolorosa tarea de los grumetes adultos, obligados a enseñaros a andar como Personas, a enseñaros a correr como Caballos, a enseñaros a nadar como Peces, a veces por aguas turbulentas, y ahora enseñaros a volar como las Aves, e invitaros a un largo vuelo que deseamos lleno de sorpresas, rico de aventuras, cumplido de esperanzas, satisfecho de deseos, y finalmente, hinchado de recuerdos, pues como tantas veces me habéis oído decir en mi algo quijotesca lengua, pronto aún para que lo comprendáis del todo, en esta vida lo importante es tener algo que recordar, y cuanto más mejor.

Y así, como otras veces, queriéndoos tanto, yo no os puedo decir adiós, sino daros la bienvenida, y lo hago, a este hermoso bosque –a veces oscuro y misterioso, guardador de peligros, pero también dador de gratitudes- al que todos pertenecemos y que todos –y de ahora en adelante vosotros también mucho- configuramos y damos vida. Porque como también tantas veces os he dicho –y me consta que alguno de vosotros hasta me ha escuchado, no sin dosis de extrañeza- el hombre no puede ser, no ha sido, no es y no podrá ser nunca un animal: no os fiéis de esas supuestas grandes verdades de la ciencia –minúscula ciencia, comparándola con la divina-, esa buscadora de la verdad a sabiendas de que la Verdad no está en el cielo ni en la tierra, ni entre el cielo y la tierra; pues la Verdad sólo está escrita en el corazón del hombre, velada y borrosa por las entretelas de sus entrañas.

Y así, cuán lejos estoy y hemos de estar de esas disparatadas teorías “evolucionistas” –perdónenme biólogos y físicos y químicos, matemáticos, empíricos y gente descreída- que transmiten barbaridades como la nefasta idea de que procedemos del mono, ese torpe simio que se pasa el día dando saltos y gritos con el culo en pompa enrojecido y la “pitirrina” tiesa, siendo acaso hembra el primero y evidentísimo macho el segundo. Qué barbaridad, pues en verdad os digo que en todo caso sería al revés: que ese gracioso chimpancé que se despioja al sol, feliz comedor de bananas, procede quizá de alguna rama de supuestos homínidos que por algún motivo (sin duda, abandonar y olvidar el uso de las lenguas y pasar a la acción de las armas) dejáronse degenerar.

No, pardiez, con todos los respetos a estos sí animales, tengo que recordaros que no somos de ellos ni hemos de ser como ellos; los seres humanos no pertenecemos al Reino Animal, ni tampoco pertenecemos al Reino Mineral –aunque algunos podáis llegar a brillar, o brilléis ya, como diamantes, y he aquí la muestra-, pues claramente somos parte del Reino Vegetal, y más exactamente: que somos árboles. Somos árboles con hondas raíces en la tierra, de donde extraemos savia; somos árboles con fuerte y duro tronco que nos sostiene y del que nos nacen ramas con las que abrazamos, y muchas, muchas hojas para cumplir nuestra función clorofílica y nuestra fotosíntesis; somos árboles que crecemos a la altura del cielo para recibir la luz, tanta en algunos casos, y en algún momento de nuestro transcurso, que nos convierte en nubes para ascender al más allá.

Somos árboles y juntos formamos bosques, e incluso selvas, y por eso yo este año os doy la bienvenida a este bosque de robustos robles, de cimbreantes álamos, de edénicas palmeras, de umbríos pinos, de ácidos olivos y de ásperas higueras –somos tan diferentes los unos de los otros-, de nogales, de magnolios, de aguacateros y melocotoneros, yo qué sé, no me sé todos, no conozco aún a todos, oh bosque de árboles también frutales que rociáis con vuestra lluvia de coloridos pétalos los campos cuando toca.

Bienvenidos, pues, a este bosque en el que habéis de buscar el Árbol del Bien y del Mal, en el que tal vez encontréis el Árbol de la Sabiduría –no llevéis nunca prisa en hacerlo-, en el que tal vez tengáis que comer Frutos Prohibidos y morder sin duda en la hermosa manzana que alguien muy, muy especial os ofrezca. Entrad en este bosque con toda la carga de inocencia que aún tengáis (ojalá no la perdáis nunca), con toda el ansia y todo el ímpetu juvenil que os invita a comeros el mundo, con toda la gracia y toda la inteligencia que la Naturaleza en su sabiduría y en su torpeza –la Naturaleza también comete errores- os ha dotado, pero no con el ímpetu depredador y destructor de algunas bestias –y no lo digo en absoluto por los primates de antes, sino por otros bien dignos de ser estudiados por la Zoología, y si aquesta no lo hace es porque con gran facilidad adoptan engañosa forma humana.

No entréis a nuestro bosque para agredir y destruir, sino para dar vida y defenderla, no con zarpas ni garras para atacar, sino con manos para cuidar y acariciar; no para destrozar, sino para sembrar y cosechar; no para arrancar la vida, sino para construirla; y no para robar amor, sino para ofrecello y regalallo, porque el amor también se siembra y se cultiva, y en verdad no otra cosa hemos hecho con vosotros durante estos, acaso para algunos largos años: sembraros de nuestro Amor y de nuestro Conocimiento, inocularos de nuestras microscópicas semillas para alimentaros del Saber, a sabiendas de que no todo el monte –ni todo el bosque- es orégano: algunos de vosotros os vais gordos y orondos, otros algo más flacos, mas nunca famélicos, como mucho un poco melancólicos, depende del hambre con que nos hayáis querido devorar, pues cada uno tiene su capacidad y su propio ritmo en la ingesta de la savia alimenticia, y no en todos trabaja igual la función clorofílica de la Palabra, ese elemento, ese nutritivo maná, ese metal precioso, esa sustancia viva que de verdad nos hace hombres.

Entrad pues a nuestro bosque, sed en él buenos árboles, y sed en él generosos árboles que den fresca sombra y sabrosos frutos, no vengáis con miedo ni con resquemores, entrad con vuestros ojos bien abiertos, con vuestra frente limpia y despejada, con vuestras tiernas aún pero fuertes ramas –habéis sido bien plantados, bien podados y bien fertilizados, sin duda- dispuestos al fraternal, solidario y colaborador abrazo, con vuestras nervudas y frondosas hojas dispuestas a absorber la luz del Conocimiento, el rayo de la Alegría, la herida de la Inteligencia y el beso de la Sensibilidad –tan sólo así seréis felices- pues estáis llamados a cultivar todas esas humanas y divinas virtudes, y muchas otras, para que no perdamos nunca la esperanza de volver al Paraíso.

Sed buenos, repito, y sed muy generosos. Quereos mucho siempre y sed toda la vida muy amigos. Recorred vuestro camino y volad vuestro cielo con alegría y buenos deseos, sembrad vuestros claros con las semillas de la habilidad, no de la torpeza; de la humildad que os permita reconocer vuestros acaso grandes errores y no sólo criticar los pequeños de los demás, y no con el orgullo insano que os torne indiferentes ante el débil; sembrad con la alegría que os permita compartir vuestros seguros éxitos, y no con la desesperación que os amargue y os haga huidizos y tercos ante el menor fracaso; sembrad vuestro camino con las semillas de vuestra sonrisa y vuestra bondad, para que todos digan de cada uno de vosotros por donde vayáis pasando: “¡qué suerte es haberte conocido!”.

Volad muy alto, que las raíces no os impidan acceder a lo más alto: la vida es sobre todo aspirar no sólo a más, sino a Más Allá, es no sólo saber aprovechar el tiempo, sino dirigirse a la eternidad y volver a formar parte del Todo. Andad (porque sois Hombres), corred (porque sois Caballos), nadad (porque sois Delfines), volad mucho y muy alto (porque sois Águilas), y haced mucho el amor (porque sois Dioses), cuando encontréis quien os ofrezca su hermosa y susodicha manzana para ser mordida, y así plantaréis con ella o con él el Árbol del Amor.

Porque el Amor no es sino un retoño, no es sino un pimpollo de árbol que se planta en quien ama, a veces sin saberlo, porque puede enraizar sin que apenas os deis cuenta. Echadas las raíces va creciendo y le brotan hojas, porque al principio él solo se alimenta, en especial también de palabras y caricias. Le acosan vientos y tormentas, y entonces conviene protegerlo. A veces se estanca y parece que no crece, pero de repente su tronco se ha hecho fuerte y sus ramas se han multiplicado, y lo miraréis y estará cuajado de hojas puras y brillantes. Si ha crecido derecho es capaz de alcanzar la altura de las nubes y de las estrellas, porque el Árbol del Amor puede llegar a ser el más alto del bosque (del bosque de los sentimientos).

Es un árbol que puede crecer solo pero cuando se siente hablado y abrazado su savia se enriquece y hasta le salen flores y da frutos, y a veces no puede dejar de hacerlo. A veces, tal vez siempre, cada ser humano es un árbol del amor, reseco o frondoso según le vaya en la vida, según las palabras y caricias que le rieguen…

No puedo seguir… lo único que puedo deciros es lo mucho que os necesito, que os necesitamos, para no ser un tronco reseco…

Retomo. Y si yo no fuera un árbol, quisiera ser un libro que estuviera en vuestras manos, el libro que más os gustara leer y que llevarais con vosotros a todas partes y en cada momento lo abrierais y leyerais. Tendríais en él todos los versos y todas las palabras, y pasaríais la vista por cada una de ellas una y otra vez, y con vuestra mano lo sostendríais, y con vuestra mano pasaríais cada una de mis hojas, de sus hojas. Buscaríais en él vuestras historias preferidas, reiríais y lloraríais al leerlo, a veces intranquilos, a veces sosegados, buscaríais en él los pensamientos, los recuerdos y así mis pensamientos y mis recuerdos serían vuestros. Quisiera ser vuestro libro preferido, el que no abandonarais nunca por muy leído que lo tuvierais, día a día y año tras año, siempre guardado (sería un libro de bolsillo) lo más cerca posible de vuestras manos y de vuestro corazón.

Así pues, y finalmente, me despido, o sea, doy la bienvenida a nuestro bosque:

- a los Alejandros, los Pedros y las Cecilias, traviesos como cachorros de león en la africana selva;
- a los astutos Jorges, los quejicosos Ramones, los esforzados Rodrigos y los alegres y arrebatados Carlos;
- a las tímidas y aplicadas Sandras, pacíficas Raqueles, castas y despiertas Susanas, que son como las nubes que preservan del exceso de luz en el verano;
- a los Ángeles tan ausentes, los rubios Dimitris silenciosos, las líricas Albas, los Tomases, Alaricos, Ivanes y Noelias, que son relámpagos que cruzan por el cielo y hacen llover emoción y ternura.
- Doy la bienvenida a las Lauras que ya curan, las Desirés y Ainhoas soñadoras, las rebeldes Sumayas y clásicas Helenas, que brillan como el amanecer;
- a las dulces Tanias, serias y lloradoras Marías, acogedoras Rebecas, sensibles Isabeles, criticones y entrañables Gonzalos, risueñas Cristinas, cuya carcajada despeja dudas e invita a la conquista del mundo;
- a las Angelines fugaces, las Emmas indóciles, las Evas de mirada profunda y los Israeles dicharacheros de gran fe en el futuro y ya con gran peso del pasado;
- a los Álvaros de costosa sonrisa y probada nobleza;
- a las Patricias que reinan en el territorio de la imaginación para enriquecer el de la realidad;
- a las Gemas, dramáticas y afortunadas como islas: afortunados los padres, que amén de tener hijas así las tienen dobles;
- a las profundas y listas Tamaras, las cromáticas Rosanas, equilibradas Nereas, inciertas Paulas, Martas y Mericheles hacendosas, exuberantes y protestonas Noelias, que lo ocupan todo.
- Doy la bienvenida a los Davides y Danieles que jamás renuncian, a los Víctores estudiosos, y Césares creadores de historias e invenciones chinescas;
- a Pablos juguetones y Lucías de mirada algo “perversa” y “seductora”, a otras Lauras, Irenes y Lorenas, solitarias algunas, discretas otras;
- a mis Sergios bondadosos y a mis Adrianes solitarios que cruzan por el bosque como ciervos y lo impregnan de gracia y simpatía;
- a mis Yaizas y Marinas, princesas de este barco velero, a las que nombro emperatrices del mar y los océanos cosladeños y sanfernandinos, pero también itálicos y helénicos.

Seguid todos vuestro vuelo con la creciente envergadura de vuestras alas, seguid extrayendo la rica savia de esta maravillosa y maternal tierra con vuestras hondas raíces, y a mí dejadme, sí, dejadme, y no solo con mi Dulcinea –tengo ya la ligera sospecha de su inexistencia, tal vez la edad me está devolviendo la peligrosa cordura-, sino con Aquél –tengo este “Aquél” escrito no con letra mayúscula, sino con letra capitular, y con acento en la é, porque es pronombre, ¿no?, tanto tiempo ya intentando contagiaros del microbio de la Ortografía y enfermaros dél-, con Aquél, digo, que un día se cruzó en mi camino, me tiró del caballo y se metió en mi corazón para ocuparlo, sí, para ocuparlo, pero también para agrandarlo -nunca creyera yo que tanto- para que bien quepáis en él todas vosotras (mis hermosas y honestas doncellas) y todos vosotros (mis castos y arrojados donceles) y en él permanezcáis mientras siga latiendo. VALE.

JUEVES, 20 DE MAYO DE 2010
JESÚS GÓMEZ AYET
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domingo, 23 de mayo de 2010

JULIO GLOGSTÁZAR, DIGO CORTÁZAR

Queridos alumnos de Literatura universal:

Aunque hasta la semana próxima no empezaremos a hacer las actividades sobre la vida de Julio Cortázar, (tenemos que acabar antes la lectura de sus cuentos) dejo aquí el glog que os he preparado sobre el autor argentino, por si hay algún adelantado que quiera ya ponerse manos a la obra. Que lo disfrutéis
.




P.S. Gracias, Alberto, por tu ayuda con el "autoplay"
Y otra cosa. Algunas veces los vídeos aparecen descolocados , no sé por qué (si alguien lo sabe, que sea tan amable de contármelo para ponerle remedio...)

lunes, 17 de mayo de 2010

Y AHORA, ¿QUÉ HAGO YO LOS LUNES?



Estreno mundial de "Qué más da-dá"
Teatro de la Abadía

La pregunta que encabeza esta entrada -retórica a más no poder- tiene su fundamento. Durante seis semanas de esta primavera a ratos lluviosa, a ratos despejada, la tarde de los lunes me la he pasado encerrada en el Teatro de la Abadía, con otros profesores a los que se nos cruzó por delante este curso organizado por el Aula de Teatro de la Universidad Carlos III, "La creación colectiva como herramienta de integración escolar". Desde luego, si el objetivo era facilitarnos herramientas para el trabajo en las clases de teatro, se ha conseguido de sobra. Aunque se nos ha quedado corto y nos hemos quedado con ganas de más. Al margen de esta utilidad práctica para nuestro día a día, hemos disfrutado como niños con los juegos de elenco de Óscar de la Fuente (de gira con El arte de la comedia) y con las improvisaciones que nos proponía Carlota Ferrer (actualmente ayudante de dirección de Krystian Lupa en Fin de partida). Luego vino eso de la creación colectiva (Dios mío, imagínense un mini-claustro decidiendo el tema, el espacio, el cómo y el cuándo), las improvisaciones, los haikús, la música, los bailes, las carreras, las fotografías, los abrazos, las risas, los aplausos, los te odio, los te quiero...qué sé yo...Creo que el tema del arte lo propuso Raquel; el título (¡Qué más Da-dá!), Dani. Ana parió en escena un cubo de Rubik y Coral cantó Ojos verdes. Paco emuló a Van Gogh y Rebeca hizo de maestra de ceremonias. Yo lancé una botella al mar y Felipe nos trasladó a Japón. Julián ché se paseó por una galería de arte en la que había pensado Carmen en los primeros días, mientras Feli le escuchaba simulando interés: ya estaba pensando en vender palabritas y en su poema dadá. También hubo un Dani-bufón en conexión permanente con la SGAE, un hombre vestido de payaso que se parecía sospechosamente a José Antonio; Paloma ese día no habló de la ropa interior que se dobla y se desdobla porque estaba dedicada en cuerpo y alma en poner la oreja en la conversación de esa actriz que encarnaba Mª Jesús. Rosa atravesaba el escenario a grandes saltos con sus compañeros de foto y Pilar hizo de nuevo de gato. No sé si la otra Carmen se acabó quitando la ropa: estaba pendiente de los gestos del líder, a ratos Arantxa, a ratos Gema, que a la vez hacía un examen de inglés, a ratos Felipe...Hicimos el gato, el alga, tomamos el sol en una playa, fuimos al cine, perseguimos con sillas a una actriz en paro...El juego del teatro- somos "homo ludens" por naturaleza- permite esto y más. Aunque no es fácil subir y exponerse, -hay que ver lo que desnuda un escenario- yo ahora añoro hasta las agujetas. Os quiero, abadienses.

viernes, 14 de mayo de 2010

EL INSTITUTO TERMINA


El instituto termina,

la selectividad se avecina.

Los compañeros nos juntamos

y todos juntos charlamos.


Nuestros profes de bachillerato

nos han hecho pasar buenos ratos.


Raimundo y Lola,

los de ciencias numerales,

nos enseñan las integrales.


Jesús,

el de lengua castellana,

nos anima cada mañana.


Mª José y Lydia,

las de inglés

nos enseñan el idioma galés.


Julita,

la de dibujo,sus clases son todo un lujo.


David,

el de física y química,

nos habla de la actínica.


Mª Jesús,

la de francés,

llena sus clases de interés.


Carlos, el de filosofía,

nos enseña su sabiduría.


Mª José, la de latín,

sus clases valen más que un celemín.


Lina,

la de psicología,

nos muestra su alegría.


Félix y Pilar,

los de Historia de España,

narran guerras y hazañas.


Yolanda, la de economía,

nos atiende con asesoría.


Por último,

quiero decir

(y con esto no voy a mentir),

que cuando acabe el instituto

¡profesores y compañeros,

os recordaré cada minuto!


ALBA SÁNCHEZ-GUIJALDO RIVERA

2º BACHILLERATO A


1º premio poesía modalidad A




jueves, 13 de mayo de 2010

UN ANILLO, UNA PROMESA

(Fotografía de Mabahamo)

La lucha era intensa, se oían los choques entre espada y espada. Los piratas de fondo gritando, defendiendo a su temerario capitán.
Pete tenía que conseguir vencer al capitán Jones y recuperar su grandioso barco “El Oro” que esos rufianes le habían quitado; tenía que rescatar a su tripulación, que veía su vida pasar entre aquellas rejas desde el día en que perdieron el mando del barco, viviendo entre toda la miseria que una vez dejaron abandonada en aquel sucio y oscuro lugar… Por último, debía volver junto a ella, junto a aquella preciosa dama, a quien prometió un viaje lleno de aventura, una historia que nunca olvidaría en el más maravilloso barco que ella podría imaginar; con sus enormes banderas y sus lujosas dependencias; la que había terminado de una manera desagradable, al cruzarse en su camino aquellos sucios piratas.
Parecía que la victoria esta vez sería de Pete, pero los piratas le cogieron y le amarraron fuerte con una soga, irrumpiendo el código de todo buen pirata, que decía que toda batalla declarada oficialmente debía ser únicamente juego de dos, y que solo terminaría cuando uno de los dos derramase su sangre, y se despidiese del honor de ser pirata.
El juego había terminado. Fueron al calabozo donde se encontraba Emilie con la tripulación y, junto a Pete, les mostraron su destino; la tabla.
Tras risas, gritos, cantos, y mucho ron, llegaron a la llamada “Isla de las Tortugas”.
Toda la tripulación del Capitán Jones se apresuró cerca de la tabla, donde con las manos atadas y los ojos vendados, se encontraba Pete. Emilie gritaba para que no la dejase sola, pero sus esfuerzos por volver junto a ella le hicieron caer al agua. Llegó a la orilla, y vio aquella isla desierta. No podía ser.
Veía como el barco se alejaba. Él gritaba que volvieran, que no le dejaran allí.
Mientras tanto, los piratas vendaban los ojos a Emilie y daban la vuelta a la isla dejándola en la otra orilla; los dos se volverían locos, estarían solos, en la misma isla y sin saberlo.
Entre griteríos, manos muy largas y comentarios groseros Emilie cayó al agua. Llegó a la isla y rompió a llorar. Sentía una gran impotencia, había perdido todo. Buscó en su vestido y sacó un precioso anillo. Lo miró tiernamente y se dijo a sí misma, “Lo haré por ti, por nosotros…”.
Empezaba a oscurecer, así que buscaron refugio para descansar. Los dos pasaron la noche en la playa bajo frondosas palmeras, atentos por si algún barco pasaba. Miraban la luna y pensaban en todo lo que se habían prometido vivir, todo lo que les había costado estar juntos, todas las barreras que habían superado, y lo mucho que habían luchado para defender sus sentimientos.
Amaneció y Pete comenzó a pensar en un plan para huir de aquella isla, buscando materiales para construir una balsa. Emilie, en cambio, se adentró en el frondoso bosque para inspeccionar la isla. En él había todo tipo de arboles y todo era verde y estaba lleno de vida. También pudo contemplar todo tipo de animales salvajes; desde el más pequeño y desagradable insecto, hasta el más precioso y colorido pájaro exótico. Siguió su camino hasta que de pronto apareció una enorme serpiente, mostrando sus colmillos afilados. Emilie no supo cómo reaccionar, sentía gran pánico al ver ese enorme y alargado cuerpo, esa forma de moverse de un lado a otro y esos terroríficos colmillos. Intentó huir rápido, pero la suerte se puso en su contra.
Las horas pasaban, y no tenían más que agua salada y un sol abrasador; los dos deseaban que aquello acabara. Buscando ramas, Pete encontró una trampilla que llevaba a una pequeña bodega con numerosas botellas de ron. Estuvo toda la noche bebiendo y cantando, pero también lamentando lo sucedido.
Pasaban los días e iban perdiendo fuerzas. Emilie, que había conseguido llegar a la orilla no podía más. Estaba sedienta y acalorada, y no tenía fuerzas para moverse. Sus ilusiones se habían roto, sabía que su fin llegaría en poco tiempo. Pete iba sin rumbo por la isla cargado con las botellas de ron que le quedaban. Atravesó como pudo el bosque, solo veía agua y más agua. Paseando por la playa vio a lo lejos una joven desfallecida en la arena. Se acercó a ella y vio que era Emilie. Al verle pensó que era todo una ilusión. Pete no sabía qué hacer. Le dio ron, pero no sirvió para calmar su sed. Cogió agua del mar para despertarla, pero no enfriaba. Estaba ardiendo.
Pete veía como la perdía en sus manos. Por su rostro se deslizó una lágrima. Emilie sonrió y le dijo “Los piratas no lloran”. Él la besó fuertemente y siguió junto a ella refrescándola cada poco tiempo, pero llegó un momento en el que ella ya no reaccionaba; Pete la movía, le gritaba, le decía lo mucho que la amaba, le suplicaba que despertase. La necesitaba. No podía llevarse su vida así, pero ella no respondía.
Rompió a llorar mientras le repetía una y otra vez que ella le había jurado estar siempre con él y nunca dejarle solo. Observó su puño cerrado, lo abrió y descubrió su anillo, aquella preciosa sortija de prometida que le había dado fuerzas hasta el último momento. La cogió en brazos y la llevó bajo una palmera, y ahí fue cuando vio en la pierna de Emilie una extraña marca, como de unos colmillos, y es que el veneno que había corrido por sus venas era tan fuerte que ni las fuerzas que le daba aquel anillo le habían permitido seguir con vida.
Pasaron días y días en la isla. Pete enterró sus vidas. No era capaz de separarse de aquel lugar. Lloraba y suplicaba al ardiente sol su muerte.
De repente una fresca gota cayó sobre el rostro de Pete. Abrió los ojos, y vio dos jóvenes a su alrededor que intentaban despertarle; le dieron agua, y le cogieron en brazos para llevarlo a su barco. Pete intentaba volver donde estaba, usaba la poca fuerza que le quedaba, gritaba que nadie le movería del lado de su amada. Los jóvenes le decían que allí no había nadie, pero él respondía que si, que ella estaba allí sentada esperándole. Ellos dos pensaron que estaba delirando por cómo se encontraba, y a la fuerza le montaron en su barco.
Se hizo de noche. Pete estaba tumbado sin fuerzas. No sabía por qué no se movían, por qué estaba el barco parado frente a aquella isla. De pronto los jóvenes empezaron a gritar ilusionados y levantaron a Pete para que disfrutara de tal maravilla.
Los jóvenes habían acudido a la isla como todos los años, para ver esa hermosa noche de luna llena en la que numerosas tortugas se posaban en las orillas de la isla y desprendían luces divinas de sus caparazones. Era algo precioso que solo ocurría una vez al año.
Algo más de un año después, frente a la Isla de las Tortugas apareció un barco con una grandiosa vela pirata; eran Pete y su tripulación.
Pete se acercó al lugar donde yació Emilie apretando el anillo que llevaba colgado del cuello, un anillo que significó jurar su amor eterno a aquella preciosa dama, un anillo que le hizo prometer que nunca nadie ocuparía su lugar y que, cada año, el mismo día a la misma hora, acudiría allí.

“Para recordarte, Emilie, que siempre te voy a amar, y que voy dar sentido a mi vida junto a ti cada año, en La Isla de las Tortugas”.
ISABEL FERNÁNDEZ TORRES
2º Bachillerato B
1º premio prosa modalidad A