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Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros
cantando;
y se quedará mi huerto, con su verde árbol,
y con su pozo blanco.
Todas la tardes, el cielo será azul y plácido;
y tocarán, como esta tarde están tocando,
las campanas del campanario.
Se morirán aquellos que me amaron;
y el pueblo se hará nuevo cada año;
y en el rincón aquel de mi huerto florido y encalado,
mi espíritu errará, nostálgico…
Y yo me iré; y estaré solo, sin hogar, sin árbol.
verde, sin pozo blanco,
sin cielo azul y plácido…
La de la vida, la del amor... Y hoy toca la de la muerte.
Igualmente otro héroe épico, Eneas, el troyano destinado a ser fundador de un gran pueblo, Roma, en el Libro VI de La Eneida baja al Averno, según cuenta Virgilio, porque así se lo pide el espectro de su padre Anquises.
Otros imitarán a los héroes, como Dante en La Divina Comedia, quien en su descenso a los infiernos se hace acompañar del poeta Virgilio y de su amada Beatrice, quien le hará de guía en el Paraíso.
En la literatura española disfrutamos de hermosas obras que tienen como tema central la muerte. Las Coplas a la muerte de su padre de Jorge Manrique, a pesar de reunir todos los tópicos medievales sobre el tema y de seguir la tradición de la poesía elegíaca medieval, sale del molde y consigue transmitirnos el sentimiento del hijo que recuerda serenamente al padre muerto.
La obra de Francisco de Quevedo tiene también a la muerte como uno de los temas más destacados. En El Sueño del Infierno (o Las zahúrdas de Plutón), el tercero de los cinco sueños, el poeta baja al infierno y el paseo le sirve para ejercer una crítica sarcástica y despiadada a la sociedad de su época, al igual que en El Sueño de la muerte, en el que esta ("una que parecía mujer, muy galana y llena de coronas, cetros, hoces, abarcas, chapines, tiaras, caperuzas, mitras, monteras, brocados, pellejos, seda, oro, garrotes, diamantes, serones, perlas y guijarros. Un ojo abierto y otro cerrado, vestida y desnuda de todas colores; por el un lado era moza y por el otro era vieja; unas veces venía despacio y otras aprisa; parecía que estaba lejos y estaba cerca, y cuando pensé que empezaba a entrar estaba ya a mi cabecera. Yo me quedé como hombre que le preguntan qué es cosi y cosa, viendo tan extraño ajuar y tan desbaratada compostura. No me espantó; suspendióme, y no sin risa, porque bien mirado era figura donosa" )le sirve de guía en su viaje al inframundo.
De Quevedo, sin embargo, quizá porque en el fondo es todo sensibilidad, me quedo con sus sonetos: "Amor constante más allá de la muerte"), en el que el amor triunfa sobre las cenizas; o "¡Ah de la vida!", desolador en esa metáfora final referida a sus posibles hijos, "presentes sucesiones de difunto".
En el siglo XIX, con el Romanticismo de fondo, son muchas las referencias a la muerte y al más allá. Me quedo con tres: el inevitable Don JuanTenorio, que un año más, resucita en las calles de Alcalá de Henares, y también bajo cubierto en el Teatro Cervantes y de la mano del Teatro del Temple.
Otro texto es El estudiante de Salamanca, poema narrativo de José de Espronceda, cuyo protagonista, Don Félix de Montemar, achulado y pendenciero, es uno de los antecedentes del Don Juan de Zorrilla. A Montemar también le pedirá cuentas el Más Allá por no haber sabido portarse bien en el Más Acá, después de haber abandonado y causado la muerte, por puro dolor, de la engañada Elvira.
Y para completar el trío, un texto en prosa: "La noche de difuntos de 1836", el magnífico e inquietante artículo de Mariano José de Larra, autor al que también hemos recordado en otras ocasiones.
No puedo dejar de citar dos hermosas elegías del siglo XX: El llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejías, de Federico García Lorca,y la Elegía a Ramón Sijé, de Miguel Hernández, cuyo aniversario hemos celebrado con mucho gusto a lo largo del 2010. No sé cuál de las dos me gusta más.
Tampoco quiero marcharme sin recordar a tres autores de la Literatura universal muy apreciados en este blog. Los muertos se pasen a sus anchas por el teatro de William Shakespeare, por ejemplo en Macbeth o en Hamlet, obras en las que las almas en pena recuerdan a los vivos que no se irán sin saldar cuentas. El otro autor es el mexicano Juan Rulfo y su excelente novela Pedro Páramo, a la que dedicamos un altarcito virtual hace ya tiempo, y de paso a su paisano Carlos Fuentes, que también flirtea con El Otro Lado en Inquieta compañía.
(Esto es solo por si no tienes qué leer esta noche que se adivina larga...Y porque me gusta recordar que por estos días celebramos el tercer aniversario del blog.)




