Como todo el mundo sabe ya a estas alturas del día, el Premio Nobel de Literatura ha recaído en el novelista peruano Mario Vargas Llosa. Yo estoy eufórica porque las novelas de Vargas Llosa son de ésas que me llevaría a una isla desierta, y porque tengo la extraña sensación (me pasa a veces con los artistas, dejan un poco de su alma en un libro o en un poema y nos creemos que son algo nuestro...) de que le han dado un premio a mi tío o algo así. Vargas Llosa, autor de novelas memorables como La ciudad y los perros, (que escribió, al parecer, en sus tardes de estudiante en un bar de Menéndez Pelayo, aquí en Madrid), La tía Julia y el escribidor, Historia de Mayta, La guerra del fin del mundo, Pantaleón y las visitadoras, Conversación en la catedral, Los cachorros o La fiesta del Chivo, ya tenía el reconocimiento de los Premios Príncipe de Asturias y Cervantes. Con una novela a punto de publicar, El sueño del celta , la obra de Vargas Llosa es variadísima en temas y, sobre todo, en estilos: maneja la ironía, la ternura, el humor y la crítica demoledora con absoluta mestría. Miembro del famoso "boom" latinoamericano, político, académico, crítico literario y cinematográfico entre otras muchas cosas, Vargas Llosa se encuentra actualmente en la Universidad de Princenton dictando un curso sobre Borges. Quien fuera princeteño.
Había una vez… otro rey. Este era el monarca de un pequeño país: el principado de Uvilandia. Su reino estaba lleno de viñedos y todos sus súbditos se dedicaban a la fabricación de vino. Con la exportación a otros países, las 15.000 familias que habitaban Uvilandia ganaban suficiente dinero como para vivir bastante bien, pagar los impuestos y darse algunos lujos.
Hacía ya varios años que el rey estudiaba las finanzas del reino. El monarca era justo y comprensivo, y no le gustaba la sensación de meterle la mano en los bolsillos a los habitantes de Uvilandia. Ponía gran énfasis, entonces, en estudiar alguna posibilidad de rebajar los impuestos.
Hasta que un día tuvo la gran idea. El rey decidió abolir los impuestos. Como única contribución para solventar los gastos del estado, el rey pediría a cada uno de sus súbditos que una vez por año, en la época en que se envasaran los vinos, se acercaran a los jardines del palacio con una jarra de un litro del mejor vino de su cosecha y lo vaciaran en un gran tonel que se construiría para ese fin.
Con la venta de esos 15.000 litros de vino se obtendría el dinero necesario para el presupuesto de la corona, los gastos de salud y educación del pueblo.
La noticia fue desparramada por el reino en bandos y pegada en carteles en las principales calles de las ciudades. La alegría de la gente fue indescriptible. En todas las casas se alabó al rey y se cantaron canciones en su honor.
En cada taberna se levantaron las copas y se brindó por la salud y la prolongada vida del buen rey.
Y llegó el día de la contribución. Toda esa semana en los barrios y en los mercados, en las plazas y en las iglesias, los habitantes se recordaban y recomendaban unos a otros no faltar a la cita. La conciencia cívica era la justa retribución al gesto del soberano.
Desde temprano, empezaron a llegar de todo el reino las familias enteras de los viñateros con su jarra, en la mano del jefe de familia. Uno por uno subía la larga escalera hasta el tope del enorme tonel real, vaciaba su jarra y bajaba por otra escalera al pie de la cual, el tesorero del reino colocaba en la solapa de cada campesino, un escudo con el sello del rey.
A media tarde, cuando el último de los campesinos vació su jarra, se supo que nadie había faltado. El enorme barril de 15.000 litros estaba lleno. Del primero al último de los súbditos habían pasado a tiempo por los jardines y vaciado sus jarras en el tonel.
El rey estaba orgulloso y satisfecho; y al caer el sol, cuando el pueblo se reunió en la plaza frente al palacio, el monarca salió a su balcón aclamado por su gente. Todos estaban felices.
En una hermosa, herencia de sus ancestros, el rey mandó a buscar una muestra del vino recogido. Con la copa en camino, el soberano les habló y les dijo:
-Maravilloso pueblo de Uvilandia, tal como lo imaginé, todos los habitantes del reino han estado hoy en el palacio.
Quiero compartir con ustedes la alegría de la corona y confirmar que la lealtad del pueblo con su rey, es igual que la lealtad del rey con su pueblo. No se me ocurre mejor homenaje que brindar por ustedes con la primera copa de este vino, que será sin dudas, un néctar de dioses; la suma de las mejores uvas del mundo, elaboradas por las mejores manos del mundo y regadas con el mayor bien del reino, el amor del pueblo.
Todos lloraban y vitoreaban al rey.
Uno de los sirvientes acercó la copa al rey y éste la levantó para brindar por el pueblo que aplaudía eufórico… pero la sorpresa detuvo su mano en el aire. El rey notó, al levantar la copa, que el líquido era transparente e incoloro; lentamente lo acercó a su nariz, entrenada para oler los mejores vinos, y confirmó que no tenía olor ninguno. Catador como era, llevó la copa a su boca casi automáticamente y bebió un sorbo.
¡El vino no tenía gusto a vino, ni a ninguna otra cosa…!
El rey mandó buscar una segunda copa del vino del tonel, y luego otra y por último a tomar una muestra desde el borde superior. Pero no hubo caso, todo era igual: inodoro, incoloro e insípido.
Fueron llamados con urgencia los alquimistas del reino para analizar la composición del vino.
La conclusión fue unánime: el tonel estaba lleno de agua; purísima agua, cien por cien agua.
Enseguida el monarca mandó reunir a todos los sabios y magos del reino, para que buscaran con urgencia una explicación para este misterio. ¿Qué conjuro, reacción química o hechizo había sucedido para que esa mezcla de vinos se transformara en agua…?
El más anciano de sus ministros de gobierno se acercó y le dijo al oído:
-¿Milagro? ¿Conjuro? ¿Alquimia? Nada de eso, su majestad, nada de eso. Vuestros súbditos son humanos, majestad, eso es todo.
-No entiendo -dijo el rey.
-Tomemos por caso a Juan. Juan tiene un enorme viñedo que abarca desde el monte hasta el río. Las uvas que cosecha son de las mejores cepas del reino y su vino es el primero en venderse y al mejor precio. Esta mañana, cuando se preparaba con su familia para bajar al pueblo, una idea le pasó por la cabeza: ¿Y si yo pusiera agua en lugar de vino, quién podría notar la diferencia…?
Una sola jarra de agua, en 15.000 litros de vino, nadie notaría la diferencia. ¡Nadie! Y nadie lo hubiera notado, salvo por un detalle, su majestad, salvo por un detalle: ¡Todos pensaron e hicieron lo mismo! Jorge Bucay
Aragoneses en particlar y terrícolas en general estamos hoy un poco más tristes al conocer la muerte de José Antonio Labordeta: poeta, profesor, novelista, cantante, político, guionista, presentador -inolvidable "Un país en la mochila"- y ser humano de esos con los que te irías de cañas con los ojos cerrados. Como seguro que ya habéis escuchado estas otras canciones que, sin ir más lejos, nos ofrece la profe de música en su blog, os dejo con la preciosa "Albada del viento" (de la que existe una hermosa versión de Carmen París que he sido incapaz de encontrar). Va por él.
Viaje al fin del mundo es el nombre de una tetralogía del novelista y dramaturgo sueco Henning Mankell cuyos títulos son: El perro que corría hacia una estrella, Las sombras crecen al atardecer, El niño que dormía con nieve en la cama y Viaje al fin del mundo, publicadas por primera vez entre 1990 y 1998.
El protagonista es un niño llamado Joel que vive con su padre en una casa junto a un río, en medio de un gran bosque que en invierno se cubre de nieve. Joel tiene once años, y cuando acabe la serie estará camino de los dieciséis. Samuel, el padre de Joel, es un leñador que fue marinero, que se dedica a talar árboles en un intento furioso por abrirse camino hacia el mar. Ambos sueñan que un día su casa podrá convertirse en un barco y podrán salir de la pequeña aldea. Joel tiene una madre que no conoce porque un día los abandonó. Joel piensa que es por eso que su padre a veces bebe y se pone a limpiar con desesperación la humilde cocina. Tiene un viejo barco que adorna la chimenea, el Célestine, y tiene una misión: seguir a un perro que corría hacia una estrella. Tiene también un cuaderno de bitácora en el que anota todos sus progresos y las promesas que cada año se hace a sí mismo; tiene enormes deseos de disfrutar de una bicicleta y tiene, por fin, un inesperado amigo, Ture, el hijo del nuevo juez, que le acompaña en sus correrías nocturnas y en alguna que otra gamberrada, por ejemplo, arrasar el jardín de Gertrud, la Sin Nariz (una mujer joven y hermosa a la que un error médico dejó sin nariz y que la gente del pueblo rehuye por sus extrañas ideas, y que se acaba convirtiendo en una gran amiga de Joel), espiar a Simón Tempestad o subirse al puente para demostrarle a Ture que ya no es un niño. En las novelas siguientes Joel tendrá otras muchas tareas: recuperarse de un atropello, boicotear la relación de su padre con Sara (¿y si vuelve mamá?), buscarle un novio a la Sin Nariz o participar en los extravagantes juegos que ésta le propone. Atrás va dejando también otras cosas: ya no busca al misterioso perro, ahora le preocupa más su aspecto, pero sigue haciendo de madre de sí mismo –incluso de su propio padre- y siguen soñando con que un día embarcarán muy lejos, rumbo a la isla Pitcairn.. En la tercera entrega conocerá el amor (¿qué es si no aquello que le pasa cuando ve a la nueva dependienta de la tienda de ultramarinos?). También ha decidido que tiene que hacerse muy fuerte, y para ello saca su cama una vez en semana fuera, en medio de la nieve; y quiere ser como el Rey del Rock y va a aprender a tocar la guitarra con Simón Tempestad. En la última novela, Joel se verá en situaciones muy difíciles: la búsqueda de su madre, la enfermedad y la muerte de su padre, y la decisión, por fin, de embarcarse rumbo al Fin del Mundo, lejos de la nieve y de los grandes árboles de la aldea. Viaje al fin del mundo es una novela de las llamadas de iniciación, de tono amable y a veces inocente como corresponde, en principio, al punto de vista de un niño como Joel, incluso a pesar de las duras circunstancias en las que a veces se encuentra. Por eso es uno de los libros de Mankell etiquetados como “literatura juvenil”. Pero tiene una cruz que se llama El ojo del leopardo, la última novela de Mankell, publicada este mismo año. Hans Olofson, el protagonista, es un sueco que huyó de su aldea y que acabó casi por casualidad haciéndose cargo de una granja en Zambia. Una noche en la que los delirios que provoca la malaria son más fuertes que nunca, evoca su llegada a África, casi veinte años atrás, y su vida a lo largo de todos esos años: la seducción de África, los intentos por entender la cultura africana, la dificultad para comprender a los negros, la lucha por la supervivencia después de los asesinatos de sus vecinos blancos... Pero esta narración se alterna con la de su infancia, en una aldea siempre nevada de la Suecia de 1965. Esta infancia es, punto por punto (perpleja me quedé) la misma que la de nuestro Joel, pero mucho más desgarrada y terrible: hay un amigo Ture, (que sin embargo, es quien se sube al puente y quien sí sufre una caída que le dejará postrado en una cama), una Sin Nariz con la que mantiene en la adolescencia una relación amorosa de la que a veces se arrepiente y un hogar sin madre, un padre que se emborracha a menudo y un niño que hace de madre de su propio padre. Todo es igual pero mucho más terrible y extremo que en Viaje...Porque aquí el viaje es a la inversa: la vuelta a Suecia de un adulto que está solo, que trata ahora de entender los pasos que ha dado desde que salió de aquella aldea nevada tratando de cumplir una promesa que se hizo a sí mismo.
(Puedes encontrar las cuatro novelas, en ediciones independientes, en la editorial Siruela; Debolsillo las publica en un único volumen)
Que este año se celebre el centenario de la muerte de León Tolstoi, (1828-1910), el gran novelista ruso, es una excelente excusa para hablar de una de sus obras más destacadas: Ana Karénina, una de las tres grandes novelas de la literatura europea y universal que tratan, entre otras muchas cosas, el tema del adulterio femenino: completan la trilogía La Regenta, de Clarín, y Madame Bovary, de Gustave Flaubert, que hemos leído este curso pasado en clase de Literatura universal. A mí me gustan muchísimo las tres, tanto que son de esas novelas a las que me gusta volver de vez en cuando. Pero si tuviera que quedarme con una, quizá sería con la novela de Tolstoi. En Ana Karénina las emociones fuertes están desde la primera página hasta la última, sin tregua que nos deje recobrarnos. La obra está ambientada en la decadente Rusia de los zares, en esa sociedad de estructura medieval en el último tercio del siglo XIX en la que existía un enorme contraste entre el hambre y la miseria de los campesinos y la vida lujosa y relajada de los altos funcionarios y de la nobleza. La novela se estructura en torno a tres núcleos familiares relacionados entre sí: Dolly y su marido, Stepan Arkadievich. Ella es una madre entregada a sus hijos, preocupada por cómo solventar los pequeños problemas que surgen en el día a día. Él, un tipo feliz que disfruta de su condición de noble: la ópera, el vino, los escarceos amorosos, las tertulias en las casas de la alta sociedad petersburguesa...Stepan es hermano de Ana y, por tanto, es el elemento que une a los Levin con Vronsky y los Karenin. Kitty y Konstantin Dimitrievich (Levin, o Kostia). Kitty es la hermana pequeña de Dolly, un alma sencilla y sincera. Su relación con Levin nos tiene en vilo de principio a fin. Levin es el personaje que más me gusta de la novela. Una personaje que supongo adorarían a partes iguales Baroja y Unamuno porque podría ser hijo tanto de uno como de otro. Es el hombre al que atormenta continuamente la necesidad de ser feliz y de entender cómo se llega a la felicidad. Es el noble que se siente incómodo en la corte y que por eso es feliz en el campo, trabajando al lado de los campesinos. Es la lucha entre el pensamiento y la acción. Es una especie de trasunto del propio Tolstoi quien, al igual que Levin, dedicó su vida a mejorar las condiciones de vida de los campesinos y no dejó de atormentarse con delicadas cuestiones intelectuales, espirituales, políticas y sociales en esa búsqueda incesante de la justicia (renunció a sus derechos de autor en los últimos años de su vida porque consideraba indigno el dinero que ganaba con la literatura). Kostia tiene dos hermanos: Nicolai, que muere tubercoloso y desencantado del mundo, y Sergei, un famoso escritor con el que no puede evitar tener una relación fría y distante, lejos de lo que él entiende debería ser una relación fraternal. Kostia, además, es gran amigo de Stepan, y tiene en la novela la función de presentarse, en cierta medida, como la antítesis de Ana ( él sí encuentra, después de una continua lucha consigo mismo, su lugar en el mundo). Ana Karénina, Alexey Alexandrovich Karenin y Vronsky. Es el trío amoroso protagonista. Karenin es un alto funcionario, con el que Ana vive, tranquila y no sé si feliz, hasta que conoce a Vronsky. Tienen un hijo, Serioja. Vronsky es un joven militar con una prometedora carrera por delante que conoce casualmente a Ana en la estación porque ésta ha viajado desde San Petesburgo a Moscú junto a la madre de Vronsky. El enamoramiento es inmediato. Tanto, que Kitty, enamorada de Vronsky y convencida de que éste va a pedir su mano, rechaza a Levin cuando éste se declara, y después enferma al darse cuenta de que Vronsky se ha enamorado de Ana, hasta el punto de marchar a un balneario fuera de Rusia. Ana no es una mujer insatisfecha como Emma Bovary. Irradia, además de una belleza singularísima, serenidad y felicidad. El adulterio no es algo que Tolstoi deje para el final: se plantea en la primera de las ocho partes de la novela, y al final de la cuarta ya está decidida su marcha con su amante y con la hija que ha tenido con Vronsky, pero sin su querido hijo. En esto también se diferencia de Emma Bovary: en ésta no hay un solo ápice de amor maternal, y a Ana Karenina es precisamente la cuestión que más la aguijonea. Pero sí es un personaje que se convierte en un ser atormentado por los celos, por la duda, por el rechazo social, por los no reconocidos escrúpulos... En la novela de Tolstoi hay numerosos personajes tan vivos como los principales. Hay también muchos espacios vinculados a los distintos personajes: Moscú, San Petesburgo, el campo, Italia, el balneario...Tolstoi centra la atención del lector en diferentes episodios narrativos: el baile de la primera parte, la carrera en la que Vronsky pierde a su yegua, la siega en la finca de Levin, la comida que ofrece Oblonsky (Stepan) a la alta sociedad, la muerte de Nicolai, el teatro, la visita de Ana a su hijo, la boda de Levin, el parto de Kitty, la muerte de Ana...(anda, se me ha escapado). Me encanta el estilo irónico y poético de Tolstoi, en el que también tiene cabida el simbolismo y lo onírico: los trenes y la estación -el lugar en el que el amor de Vronsky y Ana empieza y acaba- están presentes desde el principio. Y ese sueño que tiene Ana un par de veces -y Vronsky- en el que un hombrecillo se inclina sobre unos hierros... Y la muerte del propio Tolstoi, sobrevenida en una estación de tren...
Como no podía ser de otra manera (soy una mujer predecible), pongo esta joyita de la famosa película de Greta Garbo (sin desmerecer a Vivien Leigh), ni más ni menos que del año 1935. La escena en que Vronsky, tras seguir a Ana camino de San Petersburgo, le declara su amor. Qué tensión. Creo que necesito una buena novela negra para relajarme...
Martín Santomé es un cuasi cincuentón que empieza a escribir un diario unos meses antes de su jubilación. Vive en el Montevideo de finales de los cincuenta con sus tres hijos veinteañeros: Esteban, Blanca y Jaime. Isabel, la esposa, murió unas horas después de alumbrar al más pequeño. Martín vive una existencia gris y rutinaria de oficinista de la que no tiene la más mínima intención de alejarse (“Hoy fue un día feliz; sólo rutina”). Su mundo se compone del trabajo diario, de las conversaciones –también rutinarias y predecibles- con los compañeros, de la soledad del fin de semana, de los escasos y tensos encuentros con los hijos, de los almuerzos solitarios en algún restaurante (al menos la calle, los árboles, los cafés le permiten tomar bocanadas de vida) y de los encuentros ocasionales con algún viejo amigo. Se define a sí mismo como un “triste con vocación de alegre”. Con sus hijos se limita a convivir: el mayor es un tipo huraño que apenas cruza palabras con su padre (“Parece un resentido”, dirá Martín); Jaime, el pequeño, mantiene una invisible barrera con todo el mundo, aunque el padre lo considera sensible e inteligente. Con Blanca tiene una relación más fluida: hace partícipe al padre de ciertas confidencias (no así a sus hermanos). Toda esta grisura comienza a tomar cierto color después de la llegada de nuevos empleados a la oficina entre los que se encuentra una mujer, Laura Avellaneda. Al principio no le llama especialmente la atención (salvo que le agrada su frente ancha y su boca grande). Pero, poco a poco, comprende que se ha enamorado de ella. Es capaz de armarse de valor y, tras darle muchas vueltas, le confiesa que cree estar enamorado (Avellaneda, como él la llama, tiene 24 años). Pero lo hará un día que ella, inesperadamente para Martín, va a buscarle al café. No le pide nada, ni siquiera que conteste, incluso le dice que no tema por su trabajo. Ella sólo responde que ya lo sabía, y que por eso fue a tomar café. En la siguiente cita él expone todos sus temores: la diferencia de edad, sus hijos, el que ella crea que es sólo un desahogo, los inconvenientes de un noviazgo tradicional...Después de esto: la vorágine del amor. Martín recupera sensaciones y sentimientos perdidos, olvidados, rescatados gracias a Avellaneda. Confronta continuamente su pasado y su presente pero, no porque compare a Isabel con Avellaneda -que también- sino porque se compara a sí mismo: amar a los veinte, amar a los cincuenta, con un cuerpo y una vida distinta, con una perspectiva diferente de la vida (“[...] Me importa reconocerme como un fantasma de mi juventud, como una caricatura de mí mismo”). Martín disfruta de esta tregua que la vida le ofrece: una mujer con la que amarse en absoluta libertad, con la que el sexo, las palabras, el sentido de las largas conversaciones que mantienen ( “ [...] en estos diálogos francos con Avellaneda, me he encontrado pronunciando palabras que me parecían más sinceras que mis pensamientos. ¿Es posible eso?”). Un mes después Martín busca un apartamento, un lugar donde hacer posible una convivencia. Es feliz, en medio de ese invierno frío y lluvioso de Montevideo. Incluso, organiza un encuentro con la hija para que ambas mujeres se conozcan. Al terror inicial de Avellaneda se sucede una linda amistad entre las dos mujeres de la vida de Martín. Éste tiene que sortear aún algunos escollos: la partida de Jaime, la enfermedad de Esteban, el conocimiento de sus hijos de su relación con la joven...Así que, una ausencia al trabajo de Avellaneda por una gripe le hace decidirse: se casará con ella, obviará el miedo que siente a que ella le abandone cuando, a no mucho tardar, él sea un viejo, a que le deje por alguien más joven, a que el amor se acabe, a lo que piense el mundo...
La tregua, publicada en 1960 –y escrita de enero a mayo de 1959, de forma metódica, sacando al oficinista que fue su autor- tiene la marca poética de Mario Benedetti. ¿Cómo si no podía emocionarnos el enamoramiento entre un contable madurito, viudo y con tres hijos y una joven empleada (que irrumpe en el libro mediante esta visión de Santomé: “La chica ...al menos comprende lo que uno le explica; además, tiene la frente ancha y la boca grande”)?. Al leerlo, me vinieron dos cosas a la cabeza. Una, los Poemas de la oficina (1956) del autor uruguayo (el que viene a continuación es agudo y certero en esa idea del tiempo que se nos va, y no sólo porque nos recuerda que se acaba el verano). Precisamente de Benedetti me gusta esa manera de extraer esencia poética desde lo sencillo, desde lo cotidiano, desde lo vulgar, incluso. La otra, la hermosa película de Patrice Leconte, El marido de la peluquera, que también habla de vidas hechas a base de treguas.
(He pescado en ese mar proceloso que es Youtube este vídeo de la versión cinematográfica de la novela - la argentina, de Sergio Renán, hay también una mexicana- protagonizada por Ana María Picchio y Héctor Alterio, el mejor Martín que me podría encontrar)
No es que no esté mal, no, es que me ha encantado el montaje de Carles Alfaro deEl arte de la comedia, del italiano Eduardo De Filippo. Ya me la habían recomendado encarecidamente muchos de mis compañeros del curso de teatro que hemos hecho esta primavera en La Abadía, profesores-aprendices como yo y, cuando ya me lamentaba por haberla dejado pasar, nuestro profesor, Óscar de la Fuente (el sacristán del montaje de Alfaro) nos anunciaba que en el mes de julio volverían a Madrid, al Teatro Español. No tenía el gusto de conocer a este dramaturgo italiano, popularísimo en Italia, y ha sido un placer. Cuando se estrenó la obra en Nápoles, en 1964, el propio De Filippo interpretaba a Oreste Campese, el director de una “troupe” familiar que acude a ver si le recibe el gobernador de la pequeña ciudad italiana en la que se encuentra (es la dura posguerra europea) porque su carpa se ha quemado. El Excelentísmo De Caro, que acaba de incorporarse al puesto, lo recibe a pesar de las advertencias de su secretario, pues tiene una mañana ocupadísima, con muchas visitas que atender, las “fuerzas vivas” de la población: el médico, la maestra, el párroco...Pero es que al gobernador le parecen graciosas estas gentes de la farándula -él hizo sus pinitos, no se crean- y decide recibirlo. A partir de aquí, se desarrolla un diálogo entre los dos personajes acerca de la necesidad o no que tienen los ciudadanos del teatro, del papel de los actores, del valor que los poderes públicos le dan al mismo, y de otros asuntos que, de repente, se ven cortados de un tajo porque a Oreste le ofende que le den una ayuda al transporte para trasladar a su compañía (él sólo quiere invitar al gobernador a ver una representación, para que se corra la voz en la ciudad y acuda el público). En medio de la discusión, en lugar de la póliza para la ayuda, el secretario advierte que lo que se ha llevado Oreste es el listado de las visitas del día...Eso, unido a la amenaza final de que va a mandar a su compañía suplantando a todas las personas que espera recibir, crea una tensión dramática que nos hace mantener los ojos como platos a la espera de descubrir, igual que el gobernador, a los farsantes. ¿Es el verdadero médico o un comicastro mandado por Oreste? ¿Será verdad eso que cuenta el párroco o es una invención de Campese para vengarse? ¿La maestra está loca o es una interpretación excelente?
La escenografía de Alfaro es realista: la nieve de la primera escena, un despacho desvencijado, una ventana en el centro con la iglesia al fondo, y una luz tenue, como de bombilla sucia. La música de Renato Carosone, justo antes de empezar la función, ya predispone y hace bailar en la butacas. La dirección me pareció acertadísima: creíamos estar dentro de una de esas películas italianas de los cincuenta, con sus personajes histriónicos y exagerados, aunque nuca pasados de rosca. Me gustó muchísimo la interpretación de todos los actores: Enric Benavent, como el director de la compañía; el gobernador, Pedro Casadeblanc; el secretario, tan creíble ese funcionario adulador que hace José Luis Alcobendas (creí morir de risa en la escena de cambio de mobiliario); el médico Bassetti, Jesús Barranco, y todos los demás, incluido nuestro Óscar, que interpreta a un sacristán menguado, que entra en escena de manera espectacular, y que no se separa de la sotana de Joaquín Hinojosa, a quien no imaginamos no siendo otra cosa que párroco italiano ...
Que el teatro indague sobre el propio teatro no es nada nuevo. Ya lo hizo Luigi Pirandello (al que se cita en El arte de la comedia para decir que aquí no está Pirandello, que no se le busque) en su obra más conocida, Seis personajes en busca de autor. O Lorca, en La comedia sin título o en El Público. El CDN nos ha ofrecido este año también otra obra que quiere reflejar la vida y el sentido del oficio de actor, Tórtolas, crepúculo y ...telón, de Francisco Nieva, con una espectacular puesta en escena y un originalísimo argumento: una compañía debe permanecer encerrada en un teatro de una pequeña ciudad debido a una cuarentena. Pero en los palcos hay inquilinos y los actores se encuentran con que son observados permanente. Sin embargo, y a pesar de lo interesante que nos pueda resultar el debate, a la obra le falta "chicha" dramática y resulta difusa e imprecisa. También pudimos asistir la temporada anterior a la representación de Una comedia española, de Yasmina Reza, (la exitosa autora de Arte) que a mí me dejó bastante indiferente. Por eso, no puedo negar que, a pesar de las buenas críticas que había oído aquí y allá, iba con un pizca de precaución y de a ver qué pasa. Pues, sólo puro teatro, eso es lo que pasa...