lunes, 4 de enero de 2010

EL REGALO DE LOS REYES MAGOS, DE O. HENRY

A modo de felicitación del año nuevo que ya está aquí, quiero compartir con vosotros un cuento del escritor estadounidense O. Henry. Lo tenía en la memoria de los catorce años y, hasta ayer, no he podido rescatarlo. Lo busqué en bibliotecas y antologías; pregunté a compañeros, a amigos, a cualquiera que hubiera podido leerlo y darme noticia del título o del autor. En vano. Y ayer, por unos de esos azares predecibles, apareció en esta caja mágina que es Internet. ¿Será un adelanto de los Reyes Magos...?

EL REGALO DE LOS REYES MAGOS
Un dólar y ochenta y siete centavos. Eso era todo. Y setenta centavos estaban en céntimos. Céntimos ahorrados, uno por uno, discutiendo con el almacenero y el verdulero y el carnicero hasta que las mejillas de uno se ponían rojas de vergüenza ante la silenciosa acusación de avaricia que implicaba un regateo tan obstinado. Delia los contó tres veces. Un dólar y ochenta y siete centavos. Y al día siguiente era Navidad.
Evidentemente no había nada que hacer fuera de echarse al miserable lecho y llorar. Y Delia lo hizo. Lo que conduce a la reflexión moral de que la vida se compone de sollozos, lloriqueos y sonrisas, con predominio de los lloriqueos.

Mientras la dueña de casa se va calmando, pasando de la primera a la segunda etapa, echemos una mirada a su hogar, uno de esos departamentos de ocho dólares a la semana. No era exactamente un lugar para alojar mendigos, pero ciertamente la policía lo habría descrito como tal.

Abajo, en la entrada, había un buzón al cual no llegaba carta alguna, Y un timbre eléctrico al cual no se acercaría jamás un dedo mortal. También pertenecía al departamento una tarjeta con el nombre de "Señor James Dillingham Young".

La palabra "Dillingham" había llegado hasta allí volando en la brisa de un anterior período de prosperidad de su dueño, cuando ganaba treinta dólares semanales. Pero ahora que sus entradas habían bajado a veinte dólares, las letras de "Dillingham" se veían borrosas, como si estuvieran pensando seriamente en reducirse a una modesta y humilde "D". Pero cuando el señor James Dillingham Young llegaba a su casa y subía a su departamento, le decían "Jim" y era cariñosamente abrazado por la señora Delia Dillingham Young, a quien hemos presentado al lector como Delia. Todo lo cual está muy bien.

Delia dejó de llorar y se empolvó las mejillas con el cisne de plumas. Se quedó de pie junto a la ventana y miró hacia afuera, apenada, y vio un gato gris que caminaba sobre una verja gris en un patio gris. Al día siguiente era Navidad y ella tenía solamente un dólar y ochenta y siete centavos para comprarle un regalo a Jim. Había estado ahorrando cada centavo, mes a mes, y éste era el resultado. Con veinte dólares a la semana no se va muy lejos. Los gastos habían sido mayores de lo que había calculado. Siempre lo eran. Sólo un dólar con ochenta y siete centavos para comprar un regalo a Jim. Su Jim. Había pasado muchas horas felices imaginando algo bonito para él. Algo fino y especial y de calidad -algo que tuviera justamente ese mínimo de condiciones para que fuera digno de pertenecer a Jim. Entre las ventanas de la habitación había un espejo de cuerpo entero. Quizás alguna vez hayan visto ustedes un espejo de cuerpo entero en un departamento de ocho dólares. Una persona muy delgada y ágil podría, al mirarse en él, tener su imagen rápida y en franjas longitudinales. Como Delia era esbelta, lo hacía con absoluto dominio técnico. De repente se alejó de la ventana y se paró ante el espejo. Sus ojos brillaban intensamente, pero su rostro perdió su color antes de veinte segundos. Soltó con urgencia sus cabellera y la dejó caer cuan larga era.

Los Dillingham eran dueños de dos cosas que les provocaban un inmenso orgullo. Una era el reloj de oro que había sido del padre de Jim y antes de su abuelo. La otra era la cabellera de Delia. Si la Reina de Saba hubiera vivido en el departamento frente al suyo, algún día Delia habría dejado colgar su cabellera fuera de la ventana nada más que para demostrar su desprecio por las joyas y los regalos de Su Majestad. Si el rey Salomón hubiera sido el portero, con todos sus tesoros apilados en el sótano, Jim hubiera sacado su reloj cada vez que hubiera pasado delante de él nada más que para verlo mesándose su barba de envidia.

La hermosa cabellera de Delia cayó sobre sus hombros y brilló como una cascada de pardas aguas. Llegó hasta más abajo de sus rodillas y la envolvió como una vestidura. Y entonces ella la recogió de nuevo, nerviosa y rápidamente. Por un minuto se sintió desfallecer y permaneció de pie mientras un par de lágrimas caían a la raída alfombra roja.

Se puso su vieja y oscura chaqueta; se puso su viejo sombrero. Con un revuelo de faldas y con el brillo todavía en los ojos, abrió nerviosamente la puerta, salió y bajó las escaleras para salir a la calle.

Donde se detuvo se leía un cartel: "Mme. Sofronie. Cabellos de todas clases". Delia subió rápidamente Y, jadeando, trató de controlarse. Madame, grande, demasiado blanca, fría, no parecía la "Sofronie" indicada en la puerta.

-¿Quiere comprar mi pelo? -preguntó Delia.

-Compro pelo -dijo Madame-. Sáquese el sombrero y déjeme mirar el suyo.

La áurea cascada cayó libremente.

-Veinte dólares -dijo Madame, sopesando la masa con manos expertas.

-Démelos inmediatamente -dijo Delia.

Oh, y las dos horas siguientes transcurrieron volando en alas rosadas. Perdón por la metáfora, tan vulgar. Y Delia empezó a mirar los negocios en busca del regalo para Jim.

Al fin lo encontró. Estaba hecho para Jim, para nadie más. En ningún negocio había otro regalo como ése. Y ella los había inspeccionado todos. Era una cadena de reloj, de platino, de diseño sencillo y puro, que proclamaba su valor sólo por el material mismo y no por alguna ornamentación inútil y de mal gusto... tal como ocurre siempre con las cosas de verdadero valor. Era digna del reloj. Apenas la vio se dio cuenta de que era exactamente lo que buscaba para Jim. Era como Jim: valioso y sin aspavientos. La descripción podía aplicarse a ambos. Pagó por ella veintiún dólares y regresó rápidamente a casa con ochenta y siete centavos. Con esa cadena en su reloj, Jim iba a vivir ansioso de mirar la hora en compañía de cualquiera. Porque, aunque el reloj era estupendo, Jim se veía obligado a mirar la hora a hurtadillas a causa de la gastada correa que usaba en vez de una cadena.

Cuando Delia llegó a casa, su excitación cedió el paso a una cierta prudencia y sensatez. Sacó sus tenacillas para el pelo, encendió el gas y empezó a reparar los estragos hechos por la generosidad sumada al amor. Lo cual es una tarea tremenda, amigos míos, una tarea gigantesca.

A los cuarenta minutos su cabeza estaba cubierta por unos rizos pequeños y apretados que la hacían parecerse a un encantador estudiante holgazán. Miró su imagen en el espejo con ojos críticos, largamente.

"Si Jim no me mata, se dijo, antes de que me mire por segunda vez, dirá que parezco una corista de Coney Island. Pero, ¿qué otra cosa podría haber hecho? ¡Oh! ¿Qué podría haber hecho con un dólar y ochenta y siete centavos?."

A las siete de la noche el café estaba ya preparado y la sartén lista en la estufa para recibir la carne.

Jim no se retrasaba nunca. Delia apretó la cadena en su mano y se sentó en la punta de la mesa que quedaba cerca de la puerta por donde Jim entraba siempre. Entonces escuchó sus pasos en el primer rellano de la escalera y, por un momento, se puso pálida. Tenía la costumbre de decir pequeñas plegarias por las pequeñas cosas cotidianas y ahora murmuró: "Dios mío, que Jim piense que sigo siendo bonita".

La puerta se abrió, Jim entró y la cerró. Se le veía delgado y serio. Pobre muchacho, sólo tenía veintidós años y ¡ya con una familia que mantener! Necesitaba evidentemente un abrigo nuevo y no tenía guantes.

Jim franqueó el umbral y allí permaneció inmóvil como un perdiguero que ha descubierto una codorniz. Sus ojos se fijaron en Delia con una expresión que su mujer no pudo interpretar, pero que la aterró. No era de enojo ni de sorpresa ni de desaprobación ni de horror ni de ningún otro sentimiento para los que que ella hubiera estado preparada. Él la miraba simplemente, con fijeza, con una expresión extraña.

Delia se levantó nerviosamente y se acercó a él.

-Jim, querido -exclamó- no me mires así. Me corté el pelo y lo vendí porque no podía pasar la Navidad sin hacerte un regalo. Crecerá de nuevo ¿no te importa, verdad? No podía dejar de hacerlo. Mi pelo crece rápidamente. Dime "Feliz Navidad" y seamos felices. ¡No te imaginas qué regalo, qué regalo tan lindo te tengo!

-¿Te cortaste el pelo? -preguntó Jim, con gran trabajo, como si no pudiera darse cuenta de un hecho tan evidente aunque hiciera un enorme esfuerzo mental.

-Me lo corté y lo vendí -dijo Delia-. De todos modos te gusto lo mismo, ¿no es cierto? Sigo siendo la misma aún sin mi pelo, ¿no es así?

Jim pasó su mirada por la habitación con curiosidad.

-¿Dices que tu pelo ha desaparecido? -dijo con aire casi idiota.

-No pierdas el tiempo buscándolo -dijo Delia-. Lo vendí, ya te lo dije, lo vendí, eso es todo. Es Nochebuena, muchacho. Lo hice por ti, perdóname. Quizás alguien podría haber contado mi pelo, uno por uno -continuó con una súbita y seria dulzura-, pero nadie podría haber contado mi amor por ti. ¿Pongo la carne al fuego? -preguntó.

Pasada la primera sorpresa, Jim pareció despertar rápidamente. Abrazó a Delia. Durante diez segundos miremos con discreción en otra dirección, hacia algún objeto sin importancia. Ocho dólares a la semana o un millón en un año, ¿cuál es la diferencia? Un matemático o algún hombre sabio podrían darnos una respuesta equivocada. Los Reyes Magos trajeron al Niño regalos de gran valor, pero aquél no estaba entre ellos. Este oscuro acertijo será explicado más adelante.

Jim sacó un paquete del bolsillo de su abrigo y lo puso sobre la mesa.

-No te equivoques conmigo, Delia -dijo-. Ningún corte de pelo, o su lavado o un peinado especial, harían que yo quisiera menos a mi mujercita. Pero si abres ese paquete verás por qué me has provocado tal desconcierto en un primer momento.

Los blancos y ágiles dedos de Delia retiraron el papel y la cinta. Y entonces se escuchó un jubiloso grito de éxtasis; y después, ¡ay!, un rápido y femenino cambio hacia un histérico raudal de lágrimas y de gemidos, lo que requirió el inmediato despliegue de todos los poderes de consuelo del señor del departamento.

Porque allí estaban las peinetas -el juego completo de peinetas, una al lado de otra- que Delia había estado admirando durante mucho tiempo en una vitrina de Broadway. Eran unas peinetas muy hermosas, de carey auténtico, con sus bordes adornados con joyas y justamente del color para lucir en la bella cabellera ahora desaparecida. Eran peinetas muy caras, ella lo sabía, y su corazón simplemente había suspirado por ellas y las había anhelado sin la menor esperanza de poseerlas algún día. Y ahora eran suyas, pero las trenzas destinadas a ser adornadas con esos codiciados adornos habían desaparecido.

Pero Delia las oprimió contra su pecho y, finalmente, fue capaz de mirarlas con ojos húmedos y con una débil sonrisa, y dijo:

-¡Mi pelo crecerá muy rápido, Jim!

Y enseguida dio un salto como un gatito chamuscado y gritó:

-¡Oh, oh!

Jim no había visto aún su hermoso regalo. Delia lo mostró con vehemencia en la abierta palma de su mano. El precioso y opaco metal pareció brillar con la luz del brillante y ardiente espíritu de Delia.

-¿Verdad que es maravillosa, Jim? Recorrí la ciudad entera para encontrarla. Ahora podrás mirar la hora cien veces al día si se te antoja. Dame tu reloj. Quiero ver cómo se ve con ella puesta.

En vez de obedecer, Jim se dejo caer en el sofá, cruzó sus manos debajo de su nuca y sonrió.

-Delia -le dijo- olvidémonos de nuestros regalos de Navidad por ahora. Son demasiado hermosos para usarlos en este momento. Vendí mi reloj para comprarte las peinetas. Y ahora pon la carne al fuego.

Los Reyes Magos, como ustedes seguramente saben, eran muy sabios -maravillosamente sabios- y llevaron regalos al Niño en el Pesebre. Ellos fueron los que inventaron los regalos de Navidad. Como eran sabios, no hay duda que también sus regalos lo eran, con la ventaja suplementaria, además, de poder ser cambiados en caso de estar repetidos. Y aquí les he contado, en forma muy torpe, la sencilla historia de dos jóvenes atolondrados que vivían en un departamento y que insensatamente sacrificaron el uno al otro los más ricos tesoros que tenían en su casa. Pero, para terminar, digamos a los sabios de hoy en día que, de todos los que hacen regalos, ellos fueron los más sabios. De todos los que dan y reciben regalos, los más sabios son los seres como Jim y Delia. Ellos son los verdaderos Reyes Magos.

(Procedencia del cuento: Biblioteca Ciudad Seva)

miércoles, 23 de diciembre de 2009

PUES SÍ, FELIZ NAVIDAD


Aunque no soy, que digamos, una entusiasta de estos festejos tan entrañables, sí tengo muchas ganas de daros un fuerte abrazo desde aquí a todos lo que os asomáis por este blog y de desearos toda la felicidad del mundo para estos días y para este año que ya está empujando y asoma la cabecita (¡Ya 2010! ¡Y yo sin nave espacial aún!). Que sobreviváis a todo tipo de eventos navideños y, en ocasiones...leed algún libro: remanso de paz entre tanto ruido...Os dejo con Paul (Dudaba: soy tanto de Paul como de John). Paz, y a vivir.

sábado, 19 de diciembre de 2009

CONCURSO "LIBROS Y LITERATURA"

En el blog “Libros y Literatura” organizan un sorteo entre todos sus lectores, así como un concurso específico para blogs a la mejor reseña literaria. En cada uno el premio consiste en un lote de libros compuesto por la colección completa “Viento abierto” de Ediciones del Viento formada por 15 títulos y valorada en 249€. Si quieres saber más detalles y participar entra aquí: http://www.librosyliteratura.es/libros.html

Yo participo con una reseña sobre
Un día perfecto, de Melania Mazzucco

jueves, 17 de diciembre de 2009

HOMENAJE A LA GENERACIÓN DEL 27



Con un día de retraso, me sumo a la iniciativa de Toni Solano para conmemorar que ayer, hace 82 años, tuvo lugar el famoso homenaje que la Generación del 27 le dedicó al poeta cordobés Luis de Góngora en Sevilla. Es dificilísmo escoger no sólo un poema, sino un poeta de entre todos ellos. Mis preferidos son Federico García Lorca, Pedro Salinas y Luis Cernuda. Sin embargo, escojo un bellísimo poema de Vicente Aleixandre, el enfermo con salud de hierro, el Premio Nobel de Literatura en 1977 y el amable anfitrión de generaciones de poetas en la famosa y hoy abandonada casa de Velintonia, 3. Homenajeemos, pues.


Se querían

Se querían.
Sufrían por la luz, labios azules en la madrugada,
labios saliendo de la noche dura,
labios partidos, sangre, ¿sangre dónde?
Se querían en un lecho navío, mitad noche, mitad luz.

Se querían como las flores a las espinas hondas,
a esa amorosa gema del amarillo nuevo,
cuando los rostros giran melancólicamente,
giralunas que brillan recibiendo aquel beso.

Se querían de noche, cuando los perros hondos
laten bajo la tierra y los valles se estiran
como lomos arcaicos que se sienten repasados:
caricia, seda, mano, luna que llega y toca.

Se querían de amor entre la madrugada,
entre las duras piedras cerradas de la noche,
duras como los cuerpos helados por las horas,
duras como los besos de diente a diente sólo.

Se querían de día, playa que va creciendo,
ondas que por los pies acarician los muslos,
cuerpos que se levantan de la tierra y flotando...
se querían de día, sobre el mar, bajo el cielo.

Mediodía perfecto, se querían tan íntimos,
mar altísimo y joven, intimidad extensa,
soledad de lo vivo, horizontes remotos
ligados como cuerpos en soledad cantando.

Amando. Se querían como la luna lúcida,
como ese mar redondo que se aplica a ese rostro,
dulce eclipse de agua, mejilla oscurecida,
donde los peces rojos van y vienen sin música.

Día, noche, ponientes, madrugadas, espacios,
ondas nuevas, antiguas, fugitivas, perpetuas,
mar o tierra, navío, lecho, pluma, cristal,
metal, música, labio, silencio, vegetal,
mundo, quietud, su forma. Se querían, sabedlo.






(Fuente: A media voz)

miércoles, 9 de diciembre de 2009

EL INFORME DE BRODECK

(Procedencia de la imagen)


“No soy nada, lo sé; pero completo mi nada con un poco de todo”

Philippe Claudel ha escogido esta frase de Víctor Hugo como preámbulo de una novela sobrecogedora, y no porque cuente nada que, a estas alturas, no podamos imaginar. Como en otras novelas suyas, la imprecisión es absoluta en cuanto a lugares o a tiempos. Da igual. El horror, la miseria y la mezquindad que reinan entre estos personajes son universales (aunque es evidente que estamos en la Europa de la II Guerra Mundial).
En un pueblo perdido –de cuyo nombre Claudel, como Cervantes, tampoco quiere acordarse-entre montañas majestuosas y valles de cuento tiene lugar un terrible suceso: Der Anderer, el extranjero, ha sido asesinado por los hombres del pueblo. Por todos, menos por Brodeck, quien se entera de los hechos porque casualmente ha ido a la fonda –donde se alojaba el extraño- a buscar mantequilla. Allí, el alcalde le encomienda una extraña tarea: tiene que escribir un informe para contar “toda la verdad”. Es el único que tiene algunos estudios y se dedica a redactar informes sobre la flora y la fauna de la comarca. Una vieja máquina de escribir le servirá para éste y para otro informe paralelo en el que Brodeck desgrana su vida, aunque no ordenadamente: la llegada del forastero –tan ajeno al mundo rudo al que acaba de llegar, y por ello tan incomprendido; los terribles años en el campo de refugiados, en el que era el “Perro Brodeck”; el silencio en el que se encuentra Emélia, su esposa, después de haber sufrido terribles atrocidades durante su ausencia; el encuentro con la pequeña Poupchette y una vida en la que siempre ha sido “diferente”.
“La estupidez es una enfermedad que casa bien con el miedo”, dice Brodeck, cuando por fin comprende todo. En esta novela llaman la atención dos cosas: la belleza de la naturaleza, que contrasta dolorosamente con la mezquindad de los hombres que la habitan, y la manera de dosificar la narración. Brodeck salta de unos hechos a otros, en un constante flash-back: su vida en el campo del horror, su época de estudiante en la capital, en vísperas de la guerra, su relación con el forastero, la presencia de los soldados en el pueblo...Incluso estos hechos se cuentan pausadamente. El narrador revela un detalle que le llama la atención; luego otro, y otro, hasta completar el puzzle. Sólo hacia el final sabemos, por ejemplo, cómo el odio hace el forastero se gestó, en parte, a través de sus dibujos, para ellos, diabólicos. Porque les reflejaban y no les gustó lo que vieron. Porque vestía distinto. Porque tenía esa manía de ir a todas partes con su cuaderno dibujándolo todo. Igualmente, el momento en que Brodeck sale de casa para ir a la fonda por la mantequilla es narrado en dos ocasiones: al principio y casi al final de la historia. Entonces encajamos todas las piezas. Pero no de la acción: como en Crónica de una muerte anunciada, sabemos lo que pasa desde el principio. Entendemos cuál ha sido el proceso que ha atravesado el cronista. Su decisión final. Los mecanismos en los que se refugia. Como ese señor Linh del que hablamos hace ya unos meses. Cuando hacía calor y soñábamos con un verano por delante...


El informe de Brodeck fue premio Goncourt des Lycéens en 2007. Su autor, además, se ha estrenado en 2008 como guionista y director de cine con la película Hace mucho que te quiero, con Elsa Zylberstein y Kristin Scott Thomas como protagonistas.




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La petite fille de Monsieur Linh

jueves, 3 de diciembre de 2009

FRANKENSTEIN

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Esta criatura a quien presta su rostro el gran Boris Karloff, se gestó un verano de 1816, a raíz de una fructífera visita que el poeta Percy B. Shelley y su esposa Mary realizaron al otro maldito del Romanticismo inglés, Lord Byron, quien se encontraba en su casa de Suiza. Como un juego, Byron retó a sus invitados a que escribieran una terrorífica historia. Mary escribió la novela Frankenstein y Polidori, el médico personal de Byron, un relato llamado "El vampiro". Así, Mary Shelley sentó las bases de la novela de terror que desarrollarían magistralmente, entre otros, autores como Allan Poe (La narración de Arthur Gordon Pym), Bram Stoker (Drácula), Óscar Wilde (El retrato de Dorian Gray), R. L. Stevenson (El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde) o Henry James (Otra vuelta de tuerca).


Se trata de una narración a distintas voces : las cartas de Robert Walton, el intrépido explorador que viaja hacia el Polo Norte y que encuentra a la extraña criatura y a su creador (entre tanto, el hielo cruje y grandes témpanos flotan a la deriva); Víctor Frankenstein, el hombre que quiso ser Dios y que, preso del fervor cientifista de sus días, trabaja incansablemente en dar vida a un cuerpo muerto hecho de retazos: ojos, brazos, piernas, corazón, piel...Espantado de su propia creación, escapa de su ella; y también el propio monstruo, quien en el encuentro con su artífice cuenta su vida desde que tuvo consciencia hasta ese momento en que se enfrentan cara a cara.

El tiempo de la narración también se cruza con la doble perspectiva del creador y de la criatura: conocemos las desgracias que se producen en la vida de Víctor Frankenstein y después, desde el punto de vista del monstruo, cómo tuvieron lugar. El engendro se revela como un ser sensible a la naturaleza, a las palabras (le emociona escuchar El paraíso perdido, de Milton, en labios humanos), a la música... Siente una enorme curiosidad por aprender y ansía con todo su corazón remendado afecto y calor ajeno. Vamos, que nos parecemos mucho al terrible ente que, privado de todo esto y condenado a sentirse rechazado por una mostruosidad que no ha elegido, se llena de ira y siembra el caos y el dolor por donde pasa.

Estos día atrás, en la clase de MAE de 4º ESO, hemos visto Remando al viento, la excelente película de Gonzalo Suárez premiada con seis Goyas, que recrea ese encuentro en Suiza del que hablaba al principio. Suárez traza una historia paralela a la creada por la autora en la novela pero, en este caso, el creador al que persigue el monstruo es ella misma, víctima de su propia imaginación. La película recrea magistralmente los hechos que vivió la propia autora y los suyos a raíz de esta visita: la muerte del hijo, de la hermana, de la primera esposa de Shelley y del mismo poeta tras salir a navegar. El agua como elemento recurrente y unas escenas que parecen sacadas de un cuadro de Turner o de Friedrich, hacen de esta película un instrumento imprescindible para sumergirnos de lleno, entre otras cosas, en el universo romántico (aunque a los alumnnos no les entusiasme tanto...pero eso es otro cantar...)


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martes, 1 de diciembre de 2009

EN MISA Y REPICANDO


Mi compañera y tocaya me reconviene porque no he celebrado desde el blog el último Cervantes: tiene razón, y me aplico a la tarea y a todos los deberes atrasados. Como todo el mundo sabe a estas alturas, el galardón ha recaído en el poeta, ensayista, narrador y traductor mexicano José Emilio Pacheco. Confieso que lo único que conozco de este autor es lo que he leído en estos días a raíz de la noticia. Celebro el hallazgo: destila calidez a través de esas fotos en las que sonríe desde la Feria del Libro de Guadalajara, y los pocos poemas y cuentos que he leído me recuerdan la hondura de un César Vallejo. Me recomienda mi tocaya que incluya un texto delicioso y demoledor: Elogio del jabón. Pues ahí va:

ELOGIO DEL JABÓN

El objeto más bello y más limpio de este mundo es el jabón oval que sólo huele a sí mismo. Trozo de nieve tibia o marfil inocente, el jabón resulta lo servicial por excelencia. Dan ganas de conservarlo ileso, halago para la vista, ofrenda para el tacto y el olfato. Duele que su destino sea mezclarse con toda la sordidez del planeta.
En un instante celebrará sus nupcias con el agua, esencia de todo. Sin ella el jabón no sería nada, no justificaría su indispensable existencia. La nobleza de su vínculo no impide que sea destructivo para los dos.
Inocencia y pureza van a sacrificarse en el altar de la inmundicia. Al tocar la suciedad del planeta ambos, para absolvernos, dejarán su condición de lirio y origen para ser habitantes de las
alcantarillas y lodo de la cloaca.
También el jabón por servir se acaba y se acaba sirviendo. Cumplido su deber será laja viscosa, plasta informe contraria a la perfección que ahora tengo en la mano.
Medios lustrales para borrar la pesadumbre de ser y las corrupciones de estar vivos, agua y jabón al redimirnos de la noche nos bautizan de nuevo cada mañana. Sin su alianza sagrada, no tardaríamos en descender a nuestro infierno de bestias repugnantes. Lo sabemos, preferimos ignorarlo y no darle las gracias.
Nacemos sucios, terminaremos como trozos de abyecta podredumbre. El jabón mantiene a raya las señales de nuestra asquerosidad primigenia, desvanece la barbarie del cuerpo, nos permite salir una y otra vez de las tinieblas y el pantano.
Parte indispensable de la vida, el jabón no puede estar exento de la sordidez común a lo que vive. Tampoco le fue dado el no ser cómplice del crimen universal que nos ha permitido estar un día
más sobre la Tierra.
Mientras me afeito y escucho un concierto de cámara, me niego a recordar que tanta belleza sobrenatural, la música vuelta espuma del aire, no sería posible sin los árboles destruidos (los instrumentos musicales), el marfil de los elefantes (el teclado del piano), las tripas de los gatos (las cuerdas).
Del mismo modo, no importan las esencias vegetales, las sustancias químicas ni los perfumes añadidos: la materia prima del jabón impoluto es la grasa de los mataderos. Lo más bello y lo más pulcro no existirían si no estuvieran basados en lo más sucio y en lo más horrible. Así es y será siempre por desgracia.
Jabón también el olvido que limpia del vivir y su exceso. Jabón la memoria que depura cuanto inventa como recuerdo. Jabón la palabra escrita. Poesía impía, prosa sarnosa. Lo más radiante encuentra su origen en lo más oscuro. Jabón la lengua española que lava en el poema las heridas del ser, las manchas del desamparo y el fracaso.
Contra el crimen universal no puedo hacer nada. Aspiro el aroma a nuevo del jabón. El agua permitirá que se deslice sobre la piel y nos devuelva una inocencia imaginaria.


(Procedencia de la imagen)

No me voy a olvidar del otro gran premio literario de estos días, el Nacional de las Letras, que ha recaído en Rafael Sánchez Ferlosio, el autor de Alfanhuí y de El Jarama, quien ya recibió el Premio Cervantes que hoy abraza Pacheco en el 2004, y el Nacional de Ensayo una década antes. Asoma Ferlosio de vez en cuando por la prensa con artículos en los que reflexiona sobre la actualidad y sorprende por la curiosidad viva que siente por todo lo que le rodea y por el inconformismo que desborda en sus escritos: siempre va más allá. Ferlosio fue un niño de la guerra, miembro de esa Generación de los 50 de la que también formó parte la escritora Carmen Martín Gaite, que fue su esposa y con la que compartió, años después de haberse separado, el dolor por la pérdida de una hija. A El Jarama le tengo mucho cariño por varias razones. Primero, porque me encanta (y aquí contradigo al autor, que hoy le parece un horror). Segundo, porque lo primero que pensé, hace ya una década, camino de mi nuevo destino en San Fernando de Henares, al pasar por las huertas de la vega del río, es que no iba a desaprovechar la ocasión de leerla con mis futuros alumnos. Así lo hice durante cuatro años en 4º de ESO. Muchos renegaban y decían :"Profe, si es mentira, si no hay quien se bañe en el río, es un vertedero". Pues sí, no hay quien se bañe. Para eso está el otro, el de Ferlosio.

Otro premio destacable es el Nacional de Teatro, que ha ido a parar a la actriz catalana Vicky Peña, quizá poco conocida entre los más jóvenes, pero que ha sido voz inolvidable del cine y la televisión (ha trabajado como actriz de doblaje) y se ha metido en la piel de personajes del cine y del teatro como Martirio, de La casa de Bernarda Alba, Doña Rosita la soltera, la tía Rosa, de Secretos del corazón o la perversa Mrs. Lovet de Sweeny Todd .


Por último, ya que hoy se conmemora el Día Mundial de la Lucha contra el Sida, es oportuno volver a una novela de Henning Mankell de la que hablamos aquí: El cerebro de Kennedy. Mankell muestra una visión desoladora sobre las causas de la extensión de la pandemia en África. Directa y terrible. Y, ahora, a seguir repicando...