sábado, 15 de agosto de 2009

TITO ANDRÓNICO



Es digno de alabanza que al Alcalde de Madrid se le ocurran cosas que no vayan necesariamente en la línea de horadar calles ni de reconstruir la M-30. Lo digo por la rehabilitación, hace ya un par de años, del antiguo Matadero de Madrid, hoy reconvertido en un interesante espacio cultural muy diverso -existe un archivo de artistas madrileños menores de 35 años, por ejemplo,- en el que se alojan las llamadas Naves del Español. Si bien la acústica no es el fuerte – ahí está la técnica, echando un cable- la versatilidad del espacio es impresionante. Quien iba a pensar, en mi tierna infancia, que en esa plaza más bien feota a la que había que ir a coger el metro, rodeada de los vapores del río y de los aires del matadero –entonces, matadero de verdad- iba a acoger una de las salas más interesantes de Madrid en lo que a teatro se refiere.
Me gusta especialmente ir en verano. Éste ha tocado Tito Andrónico, el Shakespeare de encargo que el Festival de Mérida ha hecho a la compañía Animalario. Se anuncia como “una tragedia familiar que transcurre durante una cena que se convierte en un sanguinario y cruel festín de antropofagia, descuartizamientos y amputaciones, violación y asesinato”. Una lucha por el poder que empieza, curiosamente, con la renuncia al mismo por parte del protagonista, el viejo Andrónico, que ha dedicado su vida a matar en nombre de Roma y ahora vuelve a casa. No sé si es el Shakespeare más cruento, pero creo que una cosa que hace muy bien mi querido William es retratar las bajas pasiones y sus duras consecuencias. Hamlet tampoco se queda atrás en lo que a muertos se refiere, y no digamos Macbeth, magnífico retrato de la ambición ciega llevada a sus últimas consecuencias. El montaje de Animalario es curioso y ocurrente: los actores están permanentemente en escena; el escenario es circular y en ocasiones gira, justo después de tener lugar algún terrible hecho; algunos actores encarnan varios personajes y hay un violoncello y una trompeta (Aurora Arévalo y Raúl Miguel, respectivamente). El primer hecho a veces no ayuda a crear tensión dramática. A veces no sólo no importa que los que encarnan a los partidarios de Tamora, reina de los godos – Natalie Poza- se conviertan en la escena siguiente en la cohorte de Tito, sino que es un gran acierto. Así sucede en la escena de la cacería –la más intensa desde el punto de vista dramático- y en la solución que se le da a la puesta en escena del bosque. Otras no convence mucho. El público es colaborador y sabe que el teatro es todo mentira, pero en una obra así no se puede rebajar la tensión. Simplemente, porque dejas de creértelo. Tito- Alberto San Juan hace un gran esfuerzo por parecer un viejo soldado romano con miles de batallas a tus espaldas. Yo me lo empecé a creer después del descanso, cuando al fin parece tener sangre en las venas y reacciona ante las barbaridades a las que ha sido sometida su hija. Me gustó –por fin- cuando se enfrenta a Tamora y le hace creer que está loco. San Juan es un actor eficaz, que sin embargo , tiene a mi parecer un defectillo: emplea siempre el mismo tono en la declamación : lento, articulando mucho las sílabas y marcando las tónicas y a veces las pretónicas. (Ya me llamó la atención en Marat Sade). No sé, quizá es que al director le gusta. Creo que estuvieron mejor las actrices: Elizabeth Gelabert cono Lavinia, convincente en su tremendo dolor y Natalie Poza como la cruel Tamora. Tomás Pozzi, como emperador, nieto de Tito y no sé qué otro personaje más resulta a veces excesivo –qué manía con pensar que gritar y expresar es lo mismo, pero quizá es porque a veces no se le oía – y a veces convincente en la piel del que no se espera ni el cetro ni a la chica. El público aplaude mucho y es cierto que al final mejora bastante. Una compañía como Animalario sugiere, como poco, puestas en escena interesantes (Marat Sade me gustó mucho, y siempre lamenté no haber visto Urtain y La boda de Ana), pero en un embarque como éste hay aciertos y desaciertos. Me gusta la manera de enfocar los montajes, a la manera de los “laboratorios”de teatro. Uno tiene la sensación de asistir a verdaderas clases de teatralidad. Lo malo es que no siempre los componentes se ajustan a la demanda de los personajes. Veremos la próxima, amigos.

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