La pregunta que encabeza esta entrada -retórica a más no poder- tiene su fundamento. Durante seis semanas de esta primavera a ratos lluviosa, a ratos despejada, la tarde de los lunes me la he pasado encerrada en el Teatro de la Abadía, con otros profesores a los que se nos cruzó por delante este curso organizado por el Aula de Teatro de la Universidad Carlos III, "La creación colectiva como herramienta de integración escolar". Desde luego, si el objetivo era facilitarnos herramientas para el trabajo en las clases de teatro, se ha conseguido de sobra. Aunque se nos ha quedado corto y nos hemos quedado con ganas de más. Al margen de esta utilidad práctica para nuestro día a día, hemos disfrutado como niños con los juegos de elenco de Óscar de la Fuente (de gira con El arte de la comedia) y con las improvisaciones que nos proponía Carlota Ferrer (actualmente ayudante de dirección de Krystian Lupa en Fin de partida). Luego vino eso de la creación colectiva (Dios mío, imagínense un mini-claustro decidiendo el tema, el espacio, el cómo y el cuándo), las improvisaciones, los haikús, la música, los bailes, las carreras, las fotografías, los abrazos, las risas, los aplausos, los te odio, los te quiero...qué sé yo...Creo que el tema del arte lo propuso Raquel; el título (¡Qué más Da-dá!), Dani. Ana parió en escena un cubo de Rubik y Coral cantó Ojos verdes. Paco emuló a Van Gogh y Rebeca hizo de maestra de ceremonias. Yo lancé una botella al mar y Felipe nos trasladó a Japón. Julián ché se paseó por una galería de arte en la que había pensado Carmen en los primeros días, mientras Feli le escuchaba simulando interés: ya estaba pensando en vender palabritas y en su poema dadá. También hubo un Dani-bufón en conexión permanente con la SGAE, un hombre vestido de payaso que se parecía sospechosamente a José Antonio; Paloma ese día no habló de la ropa interior que se dobla y se desdobla porque estaba dedicada en cuerpo y alma en poner la oreja en la conversación de esa actriz que encarnaba Mª Jesús. Rosa atravesaba el escenario a grandes saltos con sus compañeros de foto y Pilar hizo de nuevo de gato. No sé si la otra Carmen se acabó quitando la ropa: estaba pendiente de los gestos del líder, a ratos Arantxa, a ratos Gema, que a la vez hacía un examen de inglés, a ratos Felipe...Hicimos el gato, el alga, tomamos el sol en una playa, fuimos al cine, perseguimos con sillas a una actriz en paro...El juego del teatro- somos "homo ludens" por naturaleza- permite esto y más. Aunque no es fácil subir y exponerse, -hay que ver lo que desnuda un escenario- yo ahora añoro hasta las agujetas. Os quiero, abadienses.
lunes, 17 de mayo de 2010
viernes, 14 de mayo de 2010
EL INSTITUTO TERMINA
El instituto termina,
la selectividad se avecina.
Los compañeros nos juntamos
y todos juntos charlamos.
Nuestros profes de bachillerato
nos han hecho pasar buenos ratos.
Raimundo y Lola,
los de ciencias numerales,
nos enseñan las integrales.
Jesús,
el de lengua castellana,
nos anima cada mañana.
Mª José y Lydia,
las de inglés
nos enseñan el idioma galés.
Julita,
la de dibujo,sus clases son todo un lujo.
David,
el de física y química,
nos habla de la actínica.
Mª Jesús,
la de francés,
llena sus clases de interés.
Carlos, el de filosofía,
nos enseña su sabiduría.
Mª José, la de latín,
sus clases valen más que un celemín.
Lina,
la de psicología,
nos muestra su alegría.
Félix y Pilar,
los de Historia de España,
narran guerras y hazañas.
Yolanda, la de economía,
nos atiende con asesoría.
Por último,
quiero decir
(y con esto no voy a mentir),
que cuando acabe el instituto
¡profesores y compañeros,
os recordaré cada minuto!
ALBA SÁNCHEZ-GUIJALDO RIVERA
2º BACHILLERATO A
1º premio poesía modalidad A
jueves, 13 de mayo de 2010
UN ANILLO, UNA PROMESA
(Fotografía de Mabahamo)La lucha era intensa, se oían los choques entre espada y espada. Los piratas de fondo gritando, defendiendo a su temerario capitán.
Pete tenía que conseguir vencer al capitán Jones y recuperar su grandioso barco “El Oro” que esos rufianes le habían quitado; tenía que rescatar a su tripulación, que veía su vida pasar entre aquellas rejas desde el día en que perdieron el mando del barco, viviendo entre toda la miseria que una vez dejaron abandonada en aquel sucio y oscuro lugar… Por último, debía volver junto a ella, junto a aquella preciosa dama, a quien prometió un viaje lleno de aventura, una historia que nunca olvidaría en el más maravilloso barco que ella podría imaginar; con sus enormes banderas y sus lujosas dependencias; la que había terminado de una manera desagradable, al cruzarse en su camino aquellos sucios piratas.
Parecía que la victoria esta vez sería de Pete, pero los piratas le cogieron y le amarraron fuerte con una soga, irrumpiendo el código de todo buen pirata, que decía que toda batalla declarada oficialmente debía ser únicamente juego de dos, y que solo terminaría cuando uno de los dos derramase su sangre, y se despidiese del honor de ser pirata.
El juego había terminado. Fueron al calabozo donde se encontraba Emilie con la tripulación y, junto a Pete, les mostraron su destino; la tabla.
Tras risas, gritos, cantos, y mucho ron, llegaron a la llamada “Isla de las Tortugas”.
Toda la tripulación del Capitán Jones se apresuró cerca de la tabla, donde con las manos atadas y los ojos vendados, se encontraba Pete. Emilie gritaba para que no la dejase sola, pero sus esfuerzos por volver junto a ella le hicieron caer al agua. Llegó a la orilla, y vio aquella isla desierta. No podía ser.
Veía como el barco se alejaba. Él gritaba que volvieran, que no le dejaran allí.
Mientras tanto, los piratas vendaban los ojos a Emilie y daban la vuelta a la isla dejándola en la otra orilla; los dos se volverían locos, estarían solos, en la misma isla y sin saberlo.
Entre griteríos, manos muy largas y comentarios groseros Emilie cayó al agua. Llegó a la isla y rompió a llorar. Sentía una gran impotencia, había perdido todo. Buscó en su vestido y sacó un precioso anillo. Lo miró tiernamente y se dijo a sí misma, “Lo haré por ti, por nosotros…”.
Empezaba a oscurecer, así que buscaron refugio para descansar. Los dos pasaron la noche en la playa bajo frondosas palmeras, atentos por si algún barco pasaba. Miraban la luna y pensaban en todo lo que se habían prometido vivir, todo lo que les había costado estar juntos, todas las barreras que habían superado, y lo mucho que habían luchado para defender sus sentimientos.
Amaneció y Pete comenzó a pensar en un plan para huir de aquella isla, buscando materiales para construir una balsa. Emilie, en cambio, se adentró en el frondoso bosque para inspeccionar la isla. En él había todo tipo de arboles y todo era verde y estaba lleno de vida. También pudo contemplar todo tipo de animales salvajes; desde el más pequeño y desagradable insecto, hasta el más precioso y colorido pájaro exótico. Siguió su camino hasta que de pronto apareció una enorme serpiente, mostrando sus colmillos afilados. Emilie no supo cómo reaccionar, sentía gran pánico al ver ese enorme y alargado cuerpo, esa forma de moverse de un lado a otro y esos terroríficos colmillos. Intentó huir rápido, pero la suerte se puso en su contra.
Las horas pasaban, y no tenían más que agua salada y un sol abrasador; los dos deseaban que aquello acabara. Buscando ramas, Pete encontró una trampilla que llevaba a una pequeña bodega con numerosas botellas de ron. Estuvo toda la noche bebiendo y cantando, pero también lamentando lo sucedido.
Pasaban los días e iban perdiendo fuerzas. Emilie, que había conseguido llegar a la orilla no podía más. Estaba sedienta y acalorada, y no tenía fuerzas para moverse. Sus ilusiones se habían roto, sabía que su fin llegaría en poco tiempo. Pete iba sin rumbo por la isla cargado con las botellas de ron que le quedaban. Atravesó como pudo el bosque, solo veía agua y más agua. Paseando por la playa vio a lo lejos una joven desfallecida en la arena. Se acercó a ella y vio que era Emilie. Al verle pensó que era todo una ilusión. Pete no sabía qué hacer. Le dio ron, pero no sirvió para calmar su sed. Cogió agua del mar para despertarla, pero no enfriaba. Estaba ardiendo.
Pete veía como la perdía en sus manos. Por su rostro se deslizó una lágrima. Emilie sonrió y le dijo “Los piratas no lloran”. Él la besó fuertemente y siguió junto a ella refrescándola cada poco tiempo, pero llegó un momento en el que ella ya no reaccionaba; Pete la movía, le gritaba, le decía lo mucho que la amaba, le suplicaba que despertase. La necesitaba. No podía llevarse su vida así, pero ella no respondía.
Rompió a llorar mientras le repetía una y otra vez que ella le había jurado estar siempre con él y nunca dejarle solo. Observó su puño cerrado, lo abrió y descubrió su anillo, aquella preciosa sortija de prometida que le había dado fuerzas hasta el último momento. La cogió en brazos y la llevó bajo una palmera, y ahí fue cuando vio en la pierna de Emilie una extraña marca, como de unos colmillos, y es que el veneno que había corrido por sus venas era tan fuerte que ni las fuerzas que le daba aquel anillo le habían permitido seguir con vida.
Pasaron días y días en la isla. Pete enterró sus vidas. No era capaz de separarse de aquel lugar. Lloraba y suplicaba al ardiente sol su muerte.
De repente una fresca gota cayó sobre el rostro de Pete. Abrió los ojos, y vio dos jóvenes a su alrededor que intentaban despertarle; le dieron agua, y le cogieron en brazos para llevarlo a su barco. Pete intentaba volver donde estaba, usaba la poca fuerza que le quedaba, gritaba que nadie le movería del lado de su amada. Los jóvenes le decían que allí no había nadie, pero él respondía que si, que ella estaba allí sentada esperándole. Ellos dos pensaron que estaba delirando por cómo se encontraba, y a la fuerza le montaron en su barco.
Se hizo de noche. Pete estaba tumbado sin fuerzas. No sabía por qué no se movían, por qué estaba el barco parado frente a aquella isla. De pronto los jóvenes empezaron a gritar ilusionados y levantaron a Pete para que disfrutara de tal maravilla.
Los jóvenes habían acudido a la isla como todos los años, para ver esa hermosa noche de luna llena en la que numerosas tortugas se posaban en las orillas de la isla y desprendían luces divinas de sus caparazones. Era algo precioso que solo ocurría una vez al año.
Algo más de un año después, frente a la Isla de las Tortugas apareció un barco con una grandiosa vela pirata; eran Pete y su tripulación.
Pete se acercó al lugar donde yació Emilie apretando el anillo que llevaba colgado del cuello, un anillo que significó jurar su amor eterno a aquella preciosa dama, un anillo que le hizo prometer que nunca nadie ocuparía su lugar y que, cada año, el mismo día a la misma hora, acudiría allí.
“Para recordarte, Emilie, que siempre te voy a amar, y que voy dar sentido a mi vida junto a ti cada año, en La Isla de las Tortugas”.
ISABEL FERNÁNDEZ TORRES
2º Bachillerato B
1º premio prosa modalidad A
miércoles, 12 de mayo de 2010
EL COLLAR DE FARADAY

Hoy tengo ganas de escribir, quizá porque la escritura me lleva a otra vida y a otro mundo muy diferente al mío. O a lo mejor es porque sé que en las historias y los cuentos los sueños se pueden hacer realidad y que todo en ellos es posible.
Lo cierto es que aún no sé sobre qué escribir. Pienso y pienso y no encuentro la solución. Podría escribir la historia de un anciano aventurero que le cuenta a su nieto sus viajes y sus victorias en busca del tesoro escondido en lo más profundo del más allá. Podría escribir la historia de un pueblo que lucha con el enemigo para mantener su tradición y sus costumbres. También podría escribir sobre la historia de amor de dos jóvenes que se aman y se encuentran a escondidas a la luz de la luna porque sus familias están enfrentadas y no aceptan que los enamorados se amen.
Sea lo que sea, aún no lo tengo decidido.
Después de tantos titubeos me decido a escribir la siguiente historia:
En un pueblo llamado Faraday vive un joven al que todos conocen como Aerius el valiente. Sus hazañas son conocidas en todo el pueblo y todos los faradayanos le avalan como el héroe que siempre han deseado tener.
Cierto día, Aerius iba paseando por la aldea camino de la escuela. Se encontró con un hombre que le comunicó que los habitantes de Hougan, el pueblo vecino, no tardarían en ponerse en guerra con ellos. Aerius no le dio importancia a esta noticia y prosiguió su camino.
Pasados unos días, la noticia del hombre se hizo realidad: los houganenses proclamaron la guerra a los faradayanos.
Los habitantes de Hougan querían conseguir el collar del rey de Faraday y descubrir el secreto que escondía durante décadas.
Aerius no sabía qué hacer, pues quería que la guerra acabase, pero tampoco deseaba que los houganenses descubrieran el secreto del collar del rey; pues, si lo descubrían, Faraday perdería su tesoro más preciado y sería olvidado como un pueblo que no supo luchar.
Aerius, tras varios días pensando en la manera de que todo acabara bien, llegó a la conclusión de que lo mejor que podría hacer era entablar una amistad con algún houganense para conocer la causa de por qué quieren conocer el secreto oculto. Así que no lo dudó ni un minuto más y preparó su barca rumbo al río Edeb, que separaba Faraday de Hougan.
Cuando Aerius llegó a Hougan, observó a una bella joven paseando plácidamente a orillas del río. Aerius, sin pensárselo dos veces, se acercó a ella y la saludó. La joven se llamaba Sanofi.
Pasaron la tarde conversando sobre lo que les gustaba hacer, y los dos se divirtieron mucho.
Cuando transcurrieron varios días, Aerius y Sanofi seguían siendo amigos y se veían en cada momento; hasta que, un día, Sanofi, tristemente, le dijo a Aerius que su padre le había prohibido a ella encontrarse con Aerius, pues se había enterado de que él era del pueblo enemigo.
Pero Aerius seguía sin saber por qué los houganenses seguían luchando para conseguir descifrar el secreto del collar del rey. Así que los dos acordaron encontrarse a escondidas de sus padres.
Una tarde, tranquilamente hablando, Aerius se decidió a preguntárselo a Sanofi. Y, como ella confiaba plenamente en él, le contó toda la verdad. Le dijo que el rey de Faraday y el rey de Hougan eran hermanos. Cuando su padre murió, le dio en herencia el collar al mayor de sus hijos, el rey de Faraday, con el fin de que guardara dentro del collar la historia secreta de Faraday.
El rey de Hougan era muy envidioso y muy celoso, tanto que mandó traspasar el río Edeb con el fin de separar su reinado del de su hermano y de esta manera dificultar la comunicación entre ambos reinos. Pero el rey de Hougan vio que tanto esfuerzo no sirvió para nada, pues la comunicación entre los dos reinos aún seguía siendo posible, aunque difícilmente. Así que, harto de que su hermano tuviera el collar y él no, decidió poner en guerra a ambos reinos y así conseguir el collar y desvelar su misterioso secreto.
La guerra continuaba y el número de fallecidos y de heridos iba aumentando. Y Aerius seguía rezando para que todo acabase.
Pasaron meses, incluso años. La guerra ya estaba llegando a su fin, y los houganenses estaban a punto de conseguir el collar.
Aerius ya era un hombre maduro y Sanofi era una bella mujer. Todavía se encontraban a escondidas, pues sus familias pertenecían a reinos enemigos.
Sanofi y Aerius se encontraban felices cuando estaban juntos, y lo que empezó siendo una amistad se convirtió en algo más. Cada uno no podía vivir sin el otro. Deseaban permanecer unidos durante toda su vida.
Una noche, mientras los dos jóvenes hablaban, Sanofi le contó a Aerius toda la verdad: ella era la hija del rey de Hougan, y el rey le había prohibido a ella reencontrarse con Aerius, ya que si lo hacía el rey sería capaz de mandar que ajusticiasen al joven. Aerius, asustado ante tales palabras, le contó a Sanofi que él también guardaba un secreto, pues él era el heredero al trono de Faraday.
Días más tarde, los soldados faradayanos irrumpieron en el palacio de Hougan y asesinaron al rey. Los guardias houganenses pidieron venganza.
Un buen día, mientras Sanofi paseaba por el jardín del palacio, oyó cómo los guardias planeaban asesinar al rey de Faraday. Tras oír estas palabras, Sanofi echó a correr desesperadamente en busca de su amado Aerius para contarle todo lo que había escuchado.
Aerius, escandalizado ante tal suceso, decidió hablar con su padre, el cual le comunicó que no había nada que temer.
A la mañana siguiente, el rey faradayano descansaba plácidamente en su aposento. En ese instante, y sin que nadie se diese cuenta, un guardia houganense pasaba por los alrededores del palacio de Faraday. Casualmente, el guardia divisó que una de las ventanas de la habitación del rey estaba abierta. Y sin dudarlo un momento más, lanzó una flecha en llamas desde el jardín que fue a parar a la cómoda del rey.
Aerius, tras oír los gritos de auxilio, corrió hacia la habitación de su padre, donde lo encontró malherido y maltrecho. El rey, con muchas dificultades debido a la gravedad de sus heridas, le entregó a su hijo el valioso collar. Con lágrimas en los ojos, Aerius cogió en brazos a su padre y rogó al cielo que la guerra acabase de una vez por todas.
Ahora Hougan y Faraday no tenían reyes. Sanofi y Aerius eran los únicos herederos, pero él del reino de Faraday y ella del de Hougan.
Ninguno de los dos quería separarse del otro. Así que decidieron tomarse en matrimonio y unir los dos reinos en uno solo: Faraday y Hougan dejaron de existir y dieron paso al nuevo reino de Houfar.
Y así acaba la historia de cómo Aerius y Sanofi vencieron su amor y se unieron en un solo ser: un solo reino en donde no hay diferencias entre unos y otros; en donde los secretos del corazón siempre hay que mantenerlos vivos y bien guardados, ya que nunca deben salir de allí dentro, porque allí es donde realmente residen el amor y la fuerza para creer que, cueste lo que cueste, en la vida los sueños pueden hacerse realidad. Y, puesto que la vida es real, la vida es un sueño del que nunca, nunca debemos despertar. Este es el secreto que durante tantos siglos ha guardado y mantenido oculto el preciado collar del reino de Faraday.
Lo cierto es que aún no sé sobre qué escribir. Pienso y pienso y no encuentro la solución. Podría escribir la historia de un anciano aventurero que le cuenta a su nieto sus viajes y sus victorias en busca del tesoro escondido en lo más profundo del más allá. Podría escribir la historia de un pueblo que lucha con el enemigo para mantener su tradición y sus costumbres. También podría escribir sobre la historia de amor de dos jóvenes que se aman y se encuentran a escondidas a la luz de la luna porque sus familias están enfrentadas y no aceptan que los enamorados se amen.
Sea lo que sea, aún no lo tengo decidido.
Después de tantos titubeos me decido a escribir la siguiente historia:
En un pueblo llamado Faraday vive un joven al que todos conocen como Aerius el valiente. Sus hazañas son conocidas en todo el pueblo y todos los faradayanos le avalan como el héroe que siempre han deseado tener.
Cierto día, Aerius iba paseando por la aldea camino de la escuela. Se encontró con un hombre que le comunicó que los habitantes de Hougan, el pueblo vecino, no tardarían en ponerse en guerra con ellos. Aerius no le dio importancia a esta noticia y prosiguió su camino.
Pasados unos días, la noticia del hombre se hizo realidad: los houganenses proclamaron la guerra a los faradayanos.
Los habitantes de Hougan querían conseguir el collar del rey de Faraday y descubrir el secreto que escondía durante décadas.
Aerius no sabía qué hacer, pues quería que la guerra acabase, pero tampoco deseaba que los houganenses descubrieran el secreto del collar del rey; pues, si lo descubrían, Faraday perdería su tesoro más preciado y sería olvidado como un pueblo que no supo luchar.
Aerius, tras varios días pensando en la manera de que todo acabara bien, llegó a la conclusión de que lo mejor que podría hacer era entablar una amistad con algún houganense para conocer la causa de por qué quieren conocer el secreto oculto. Así que no lo dudó ni un minuto más y preparó su barca rumbo al río Edeb, que separaba Faraday de Hougan.
Cuando Aerius llegó a Hougan, observó a una bella joven paseando plácidamente a orillas del río. Aerius, sin pensárselo dos veces, se acercó a ella y la saludó. La joven se llamaba Sanofi.
Pasaron la tarde conversando sobre lo que les gustaba hacer, y los dos se divirtieron mucho.
Cuando transcurrieron varios días, Aerius y Sanofi seguían siendo amigos y se veían en cada momento; hasta que, un día, Sanofi, tristemente, le dijo a Aerius que su padre le había prohibido a ella encontrarse con Aerius, pues se había enterado de que él era del pueblo enemigo.
Pero Aerius seguía sin saber por qué los houganenses seguían luchando para conseguir descifrar el secreto del collar del rey. Así que los dos acordaron encontrarse a escondidas de sus padres.
Una tarde, tranquilamente hablando, Aerius se decidió a preguntárselo a Sanofi. Y, como ella confiaba plenamente en él, le contó toda la verdad. Le dijo que el rey de Faraday y el rey de Hougan eran hermanos. Cuando su padre murió, le dio en herencia el collar al mayor de sus hijos, el rey de Faraday, con el fin de que guardara dentro del collar la historia secreta de Faraday.
El rey de Hougan era muy envidioso y muy celoso, tanto que mandó traspasar el río Edeb con el fin de separar su reinado del de su hermano y de esta manera dificultar la comunicación entre ambos reinos. Pero el rey de Hougan vio que tanto esfuerzo no sirvió para nada, pues la comunicación entre los dos reinos aún seguía siendo posible, aunque difícilmente. Así que, harto de que su hermano tuviera el collar y él no, decidió poner en guerra a ambos reinos y así conseguir el collar y desvelar su misterioso secreto.
La guerra continuaba y el número de fallecidos y de heridos iba aumentando. Y Aerius seguía rezando para que todo acabase.
Pasaron meses, incluso años. La guerra ya estaba llegando a su fin, y los houganenses estaban a punto de conseguir el collar.
Aerius ya era un hombre maduro y Sanofi era una bella mujer. Todavía se encontraban a escondidas, pues sus familias pertenecían a reinos enemigos.
Sanofi y Aerius se encontraban felices cuando estaban juntos, y lo que empezó siendo una amistad se convirtió en algo más. Cada uno no podía vivir sin el otro. Deseaban permanecer unidos durante toda su vida.
Una noche, mientras los dos jóvenes hablaban, Sanofi le contó a Aerius toda la verdad: ella era la hija del rey de Hougan, y el rey le había prohibido a ella reencontrarse con Aerius, ya que si lo hacía el rey sería capaz de mandar que ajusticiasen al joven. Aerius, asustado ante tales palabras, le contó a Sanofi que él también guardaba un secreto, pues él era el heredero al trono de Faraday.
Días más tarde, los soldados faradayanos irrumpieron en el palacio de Hougan y asesinaron al rey. Los guardias houganenses pidieron venganza.
Un buen día, mientras Sanofi paseaba por el jardín del palacio, oyó cómo los guardias planeaban asesinar al rey de Faraday. Tras oír estas palabras, Sanofi echó a correr desesperadamente en busca de su amado Aerius para contarle todo lo que había escuchado.
Aerius, escandalizado ante tal suceso, decidió hablar con su padre, el cual le comunicó que no había nada que temer.
A la mañana siguiente, el rey faradayano descansaba plácidamente en su aposento. En ese instante, y sin que nadie se diese cuenta, un guardia houganense pasaba por los alrededores del palacio de Faraday. Casualmente, el guardia divisó que una de las ventanas de la habitación del rey estaba abierta. Y sin dudarlo un momento más, lanzó una flecha en llamas desde el jardín que fue a parar a la cómoda del rey.
Aerius, tras oír los gritos de auxilio, corrió hacia la habitación de su padre, donde lo encontró malherido y maltrecho. El rey, con muchas dificultades debido a la gravedad de sus heridas, le entregó a su hijo el valioso collar. Con lágrimas en los ojos, Aerius cogió en brazos a su padre y rogó al cielo que la guerra acabase de una vez por todas.
Ahora Hougan y Faraday no tenían reyes. Sanofi y Aerius eran los únicos herederos, pero él del reino de Faraday y ella del de Hougan.
Ninguno de los dos quería separarse del otro. Así que decidieron tomarse en matrimonio y unir los dos reinos en uno solo: Faraday y Hougan dejaron de existir y dieron paso al nuevo reino de Houfar.
Y así acaba la historia de cómo Aerius y Sanofi vencieron su amor y se unieron en un solo ser: un solo reino en donde no hay diferencias entre unos y otros; en donde los secretos del corazón siempre hay que mantenerlos vivos y bien guardados, ya que nunca deben salir de allí dentro, porque allí es donde realmente residen el amor y la fuerza para creer que, cueste lo que cueste, en la vida los sueños pueden hacerse realidad. Y, puesto que la vida es real, la vida es un sueño del que nunca, nunca debemos despertar. Este es el secreto que durante tantos siglos ha guardado y mantenido oculto el preciado collar del reino de Faraday.
GEMA SÁNCHEZ-GUIJALDO RIVERA
2º BACHILLERATO B
2º premio prosa modalidad A
martes, 11 de mayo de 2010
MI FELICIDAD
(Procedencia de la imagen)Mi mente es un mar de pensamientos,
mi corazón un baúl lleno de dudas
y mi alma un firmamento de sueños e ilusiones.
No sé expresar todos los sentimientos que me asaltan.
Soy como el viento...no tengo rumbo fijo,
aunque quiero encontrar mi sitio.
Unos días la felicidad la cojo y no la suelto;
otros días no la encuentro y el cielo se vuelve gris.
Tengo sueños que quiero realizar,
pero tengo muchos muros que me impiden que lo pueda lograr.
Paso desapercibida en el mundo de la popularidad,
no encuentro a la gente a la cual puedo importar;
pero el problema es que no los veo...no sé que ahí están.
Tengo familia, un grupo, amigos...
pero me falta algo;
una luz en medio de la oscuridad,
una sonrisa rodeada de tristeza,
una rosa en mitad del desierto...una esperanza.
Busco respuestas a mis dudas y problemas,
busco sinceridad, alegría, cariño...
busco a mi otro yo;
busco a la chica alegre y extrovertida que no paraba de reír,
no a la chica seria, triste y melancólica...
en la que me terminé por convertir...
Busco a mi felicidad.
una rosa en mitad del desierto...una esperanza.
Busco respuestas a mis dudas y problemas,
busco sinceridad, alegría, cariño...
busco a mi otro yo;
busco a la chica alegre y extrovertida que no paraba de reír,
no a la chica seria, triste y melancólica...
en la que me terminé por convertir...
Busco a mi felicidad.
Cristina Rodríguez Fuster 4º ESO B
2º premio poesía modalidad B
lunes, 10 de mayo de 2010
UN DÍA SOÑÉ...
(Fotografía de Zyber)Un día soñé que todo tenía ,
me desperté y era mentira....
Un día soñé que me querías ,
me desperté y era mentira....
Por favor, déjame soñar despierto.
Por favor, déjame subirte al cielo,
cerrando los ojos, pensando en esto
porque ya divido el mundo en dos aspectos. Estamos
nosotros,
y el resto.
Déjame escribirte aunque me dé la vida en ello,
déjame amarte, como nadie lo habrá hecho...
porque para el mundo serás alguien ,
pero, para mí, serás el mundo ...
déjame amarte, como nadie lo habrá hecho...
porque para el mundo serás alguien ,
pero, para mí, serás el mundo ...
Alejandro Martínez Cebadera 4º ESO A
1º premio poesía modalidad B
domingo, 9 de mayo de 2010
NING-UNÉALOS

Conchita me informa desde Bibliofagia del anuncio de la red social NING de cobrar por unas redes (Internet en el aula, Lecturas y lectores, Redes sociales educativas entre otras) que hasta ahora ofrecía gratuitamente, dejando tirados a muchos usuarios. Su comunicado ofreciendo unos servicios mínimos es claramente insuficiente, por lo que nos negamos a pagar por sus servicios mientras no cambie de postura.
¡Por una red libre, gratuita y sin engaños de este tipo!
Adhiérete a este sello. Mejora y aporta el texto, ponlo en un lugar destacado de tu blog mientras Ning no rectifique y pásalo al menos a 5 blogs. Cualquiera que lo vea y se identifique, puede cogerlo y pásalo. Yo no voy a pasarlo a cinco blogs en concreto: invito a todo el que pase por aquí a que se adhiera a la petición de mantener Ning gratis para fines educativos y no lucrativos.
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