martes, 13 de enero de 2009

FANTÁSTICA TABERNA



La taberna fantástica es “El gato negro”, una tasca situada en un barrio de chabolas del Madrid de 1966, a los pies de un barrio en construcción, lleno de grúas y de bloques altos, muy cerca del barrio de Las Ventas. Allí, Luis, el tabernero, acoge a la parroquia habitual un caluroso sábado de agosto: Caco, uno que ya está hecho al vino, que no se mete con nadie, tan poco que se diría ausente; Paco, un hombre que vive de vender su sangre, como tantos otros en aquellos años; quincalleros como Rogelio, el protagonista, que ya no vive en el barrio porque está en busca y captura acusado de haber matado a un guardia civil...pero que esa tarde se encuentra por allí porque su madre, la “Cosmospólita” ha muerto, y quiere asistir a su entierro, si le deja la borrachera...Pero a Rogelio también le busca su compadre, el Carburo, que ha vuelto de Alemania soltando billetes. Parece que Rogelio “se va de la mui” y anda diciendo cosas de Carburo y de su mujer: que si tiene adornos, que si el padre de la criatura soy yo y no tú...Lo cierto es que Carburo viene dispuesto a tirar de navaja. El vino, el calor, la charla, acercan en sus soledades a estos personajes, a los que se suma la comitiva del entierro: el padre de Rogelio, manco, aunque de mano larga, y otros parientes. El caso es que, al final, la sangre llama a la sangre, y el “Rojo” acaba con un pincho. Carburo no quería, sólo vino para asustarle, pero...El caso es que a la noche Luis echa el cierre a la taberna, y sólo queda Caco olvidado en un rincón, durmiendo la mona, y el viejo Badila, que lleva caído en una zanja desde las cinco de la tarde...

Como “tragedia compleja” la calificó Sastre. Género que tiene tintes del esperpento de Valle y del sainete de Arniches, del héroe triste de Cervantes y del realismo duro de “El Lazarillo”. El montaje de Gerardo Malla juega estas bazas: la escenografía es muy realista, como todo en la obra; los personajes, su jerga, la situación, la música y la radio; sin embargo, hay elementos que se nos antojan cargados de significados misteriosos: las raíces al aire del árbol del descampado, la zanja que no vemos, la inquietante luz del cielo que anuncia bochorno y sangre, o el emparrado que aún se ve en la entrada de los restaurantes de la carretera de Barcelona. Nos creemos a todos los personajes; parece impensable que nos hagan reír desde sus miserias; que resulten tan clásicos y tan modernos a la vez. A un gran texto como éste se le suma la acertada dirección de Malla y el trabajo excelente de unos actores, especialmente los cinco que están las dos horas en escena, de los que resulta muy difícil destacar uno: Antonio de la Torre, que sabe sacar todos los matices de un personaje tierno, achulado y pasado de rosca; Carlos Marcet, que también participó en el montaje de los 80 como Luis, el tabernero; Felipe García Vélez (¡imposible otro Carburo!), Enric Benavent, el Caco casi autista, que asombra con su sentido común y su talante “Simplicisimus” y, Paco, el de la sangre, interpretado por Julián Villagrán, que sabe sacarle muchísimo partido a la vis cómica del personaje. Todos nos hicieron pasar un buen rato y olvidar que, a la salida, nos esperaba otro fantástico y posiblemente histórico suceso: pequeños vehículos quitanieves por las calles de un Madrid siberiano y glacial.

(La taberna fantástica se representa en el Teatro Valle-Inclán (Centro Dramático Nacional) hasta el 18 de enero)

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